Netflix es alérgico a los vegetales. Escucha la columna:
El miércoles pasado se popularizó la imagen de una campaña publicitaria de Netflix. Específicamente con la valla ubicada en el barrio de Palermo en Buenos Aires, Argentina. El letrero rezaba: “Yo haciendo series para que vos te enganches con las frutas infieles”. La razón por la que fue compartida tantas veces es quizá la misma por la que cada vez más personas se quejan de las plataformas de streaming: la inundación de contenido basura disponible a todas horas.
En la primera década de los 2000 el término “brainrot” resurgió para referirse al estado de embobamiento atribuido a los fieles consumidores de realities. En ese entonces la televisión era el rey de los contenidos. Ir al cine resultaba muy caro, el teatro no gozaba de buena prensa y tampoco era barato. La inteligencia artificial no estaba tan avanzada y la que había resultaba costosa. Luego llegaron las plataformas web, retando a la televisión tradicional, colocándose en el centro de consumo de jóvenes. Yo era uno de esos.
YouTube se impuso a las demás y fue comprada por Google con una millonada de por medio. Las quejas de la televisión tradicional eran similares a las de la campaña de Netflix. Producir un programa era oneroso, tenía un despliegue tecnológico y humano negado a los youtubers, pero el público prefería el entretenimiento puro y duro. Habrá quien explique el éxito de los blogueros aludiendo a que le hablaban “al chile” a su audiencia. Que eran honestos, sin guion ni telepronter, ni siquiera con ediciones decentes. Pero no estoy de acuerdo.
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La televisión quiso apostar por lo “espontáneo”. Generar relaciones parasociales y aparentemente honestas con los espectadores, pero ni eso les funcionó. Por otro lado, los youtubers, en cuanto les fue mejor económicamente, empezaron a conseguir equipo costoso, contrataron editores, guionistas y usaron telepronters. Su éxito no solo no disminuyó, sino que se fue a las nubes.
Mientras tanto, el cine peleaba otra batalla, en un campo más elaborado, pero igual en lo esencial. Netflix llevó a la tumba a Blockbuster y se encaminaba contra el cine como un depredador hambriento viendo a su próxima presa.

Al principio el cine convencional no tenía miedo. Las productoras gastaban millones en crear películas. No iba a ir una plataforma de renta de películas viejas a darles batalla. Pero lo hizo.
En 2015 Netflix estrenó Bestias sin Patria, la película protagonizada por Idris Elba que se consagró como el primer largometraje de la plataforma. Con un presupuesto de apenas 6 millones de dólares demostró su capacidad de competencia ante las enormes casas productoras. En 2025 pusieron a temblar a toda la industria del cine cuando estuvo a punto de adquirir Paramount, aunque cuando se le acusó de mantener prácticas monopólicas, el mismo CEO de la empresa, Ted Sarandos, afirmó que a YouTube aún le iba mejor en términos de consumo.
En los primeros años de la compañía, con el modelo que conocemos de suscripción, se desarrollaron series interesantes e insignia de la plataforma: House of Cards y Orange is the New Black, ambas en 2013. Engancharon a la audiencia y las suscripciones subieron de manera efervescente.
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Recuerdo que luego de insistir por varias semanas, en casa logramos convencer a mi padre de comprar una tarjeta de suscripción para la plataforma. Lo primero que vimos fue Suits, luego, a una semana, la familia se convirtió en una casa de zombies ojerosos. Nos descubríamos viendo Club de Cuervos a las 4 de la mañana. Era adictivo. Y mientras tanto, la televisión, esa industria encargada de construir carreras, de narrar las historias que “México” quería ver (según los productores) agonizaba por asfixia.
No obstante, el imperio no podía durar y, como dicen los que saben, caería igual que todos los imperios lo hacen: de forma violenta.
La plataforma destacó entre todas las demás por una razón: no tenía empacho en subir una temporada completa de una serie carísima en un solo día. La gente la veía de cualquier forma. Un error peligroso. Pronto, Netflix entendió que la audiencia es como Audrei II en La Tiendita de los horrores: entre más la alimentas, más hambre tiene.
Comenzaron a administrar sus series, hacerlo semanalmente, replicando el modelo de canales de paga como HBO. Netflix, en un ataque de desesperación por tener material nuevo en su biblioteca, se estima que en 2022 llegó a subir cerca de 340 contenidos en un solo mes. Ese exceso no respondía a la gran abundancia prometida en los años ochenta por la televisión de paga, sino a una saturación digital.
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Para abril de este año, Netflix contempla menos de 80 contenidos originales, una cifra mucho más mesurada, pero la calidad de los programas se ha vuelto tan deficiente que pareciera importarle más llevarle alimento ultraprocesado a la audiencia. Sin sustancia ni esencia distinguible. Si a esas decisiones se suman el uso de comerciales y las constantes polémicas por las subidas arbitrarias y de efecto inmediato a las tasas de suscripción, el escenario se convierte en una suerte de bucle. Uno donde ir al cine es muy caro, el teatro se resiste a ser olvidado con funciones innovadoras, pero es caro; y ver televisión en alguna plataforma, es igualmente caro.
Entonces, llegan al rescate los videos cortos, esas historias “brainrot” evolucionadas a tramas sencillas, moralistas y entretenidas. Alimento ultra procesado sin sustancia ni esencia, pero barato. ¿Hay acaso otro criterio para elegir entre Netflix y los “videos de vegetales” además del precio?

