Por Daniel Ábrego
Estadio de Solna, Suecia, 1958. El equipo de Antonio López Herranz y «Nacho» Trelles entró a la cancha, cabizbajo. Todavía no se recuperaban de la derrota sufrida ante Suecia y ya les tocaba enfrentar a otro titán europeo: Gales. La prensa había hecho mucho ruido en su contra los días previos: algunos, respetuosos, decían que los verdiblancos habían caído con gallardía ante los suecos y seguro darían su mejor esfuerzo ante los galeses. Otros, menos condescendientes, afirmaban sin temor que la Selección Mexicana solo estaba en Suecia de vacaciones.
Por si fuera poco, los periódicos europeos se sumaban también al desastroso pronóstico y hacían eco a una declaración del equipo galés que afirmaba ganaría el encuentro por seis a cero. Asolados además por la múltiples lesiones de compañeros de cara al segundo partido en el mundial, era fácil comprender por qué a los mexicanos les costaba incluso alzar el rostro… Un periodista sudamericano soltó una risita al verlos y dijo, casi en voz alta: —A ver cuántos goles se llevan hoy los «charros»…
Antonio Carbajal, capitán y portero del equipo, se desvió un poco del camino del equipo y le metió un empujón al cínico reportero. La libreta de éste cayó al suelo y su rostro se tornó blanco; quizá fue por el inesperado susto o la justa vergüenza, quién sabe. La curiosa situación, por demás jocosa, animó un poco a los verdiblancos, que celebraron la brusquedad de su arquero con no pocas carcajadas y algunas palabrotas inofensivas.
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Imbuidos pues por una poco habitual tranquilidad, los mexicanos tomaron sus posiciones en la cancha para la presentación de los equipos. Los galeses los miraban con recelo: esperaban a un combinado derrotado y asustado, no a once atletas bronceados y sonrientes. El árbitro dio el silbatazo inicial. Para sorpresa de los europeos, el comienzo del partido fue agitado y se compuso por contínuas idas y venidas: el equipo mexicano corría como nunca y más de una vez les arrebató el balón y los puso en aprietos.
Desconcertados, los galeses optaron por ablandar al rival en lugar de confrontarlo: una entrada artera sobre Jorge Romo lo obligó a abandonar el partido en brazos de sus compañeros. Para mala suerte de los súbditos de la reina, los de verde y blanco no se echaron para atrás: Carlos Blanco y «Chava» Reyes se volcaron al frente sin temor al rival vestido de escarlata. Más de una vez se acercaron a la línea de gol, pero el destino quiso que la guarida europea siguiera intacta.
Pronto los de Gales descubrieron que la única forma de someter a su impetuoso rival sería superarlos con goles y no con patadas. Liderados por el mítico Mel Charles, pusieron a prueba al valiente Antonio Carbajal una y otra vez. El juego comenzó a inclinarse a favor de los galeses. ¿Sería que el ímpetu azteca comenzaba a desvanecerse? ¿La salvaje ola de inspiración sería así de breve?
Un tiro de esquina provocado por el habilidoso Charles hizo temblar al combinado mexicano. Algo en su corazón les decía que nada bueno saldría de esa jugada. El balón surcó los cielos con pasmosa lentitud. Los de la piel de bronce se afanaron en marcar a los rivales más altos, temerosos de que alguno pudiera conectar un certero remate de cabeza.
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Tanta precaución desembocó en un descuido: Ivor Allchurch, inexplicablemente desmarcado, extendió el pie derecho para apenas impactar el balón… Antonio Carbajal intentó detener el frágil disparo, pero él también estaba mal colocado y ya era demasiado tarde: la pelota botó angustiosa antes de incrustarse en la meta de la escuadra verdiblanca. Los de México se fueron al vestidor con el marcador en contra. Una pesada lápida se balanceaba sobre sus espaldas otra vez: no era solo el recuerdo de su último partido contra Suecia, sino también el de las derrotas previas sufridas por compañeros en años anteriores.
Jamás habían jugado como aquel día, pero de poco serviría si no se alzaban con la victoria: la prensa era cruel y despiadada, y amargos encabezados con «jugaron como nunca y perdieron como siempre» dominarían la primera plana. No hubo discursos motivadores por parte del cuerpo técnico. Solo una escueta pero poderosa frase: «Ustedes pueden» Los mexicanos salieron a darlo todo en el segundo tiempo. La velocidad y determinación con la que jugaban impresionó a un cronista de la France Press, que más tarde se desharía en elogios para ellos. Los galeses seguían tirando patadas; intentaban ganar por la fuerza lo que no podían defender con fútbol.
Los verdiblancos se comportaban como una auténtica tromba: avasalladora, destructiva, poderosa, pero también imprecisa… González y un tiro estrellado en el travesaño eran el claro ejemplo de ello: ímpetu desmedido, escaso tino… El reloj seguía su inclemente marcha. Los europeos sudaban a mares. Perseguían a los mexicanos y acometían contra ellos con inusual brutalidad: el «Mulo» Gutiérrez sufrió como nadie su iracundo proceder, pues no solo fue objeto de una entrada por demás artera, sino que además tuvo que presenciar cómo el árbitro se ponía del lado del súbdito de la Reina. Corría el minuto 75.
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Ya no se jugaba del lado mexicano; todas las acciones tomaban lugar en los linderos del área de Gales. Tiros de media distancia, hábiles desbordes y una absoluta recolección de todos y cada uno de los balones divididos; los aztecas tenían el partido bajo su control, pero no lograban marcar el gol.
Transcurrieron trece minutos más. La desesperación comenzaba a hacer presa de la escuadra verdiblanca. ¿Sería que otra vez se perdería igual que siempre? Enrique Sesma imaginó en su mente los titulares de los diarios nacionales: «¡Ya mérito!» «Jugaron como nunca, pero…» «Casi…» Contrariado, sacudió la cabeza. Y entonces el balón cayó a sus pies. Era su momento de la verdad… Impulsado por el incontenible deseo de ganar, corrió por la banda y mandó un pase elevado de excelente manufactura: la pelota ascendió por el cielo hasta eclipsar por un segundo al sol y luego cayó en picada de vuelta a la cancha. Ahí, aguardando paciente por su llegada, estaba un joven nacido en Irapuato.
Jaime Belmonte, de apenas 23 años de edad, acudía al encuentro del balón saltando entre tres imponentes torres europeas que apenas y podían creer lo que estaba pasando… Un cabezazo. El esférico voló por encima del portero y se incrustó en la red. El fiero remate había cimbrado no solo a la cancha, sino también a las gradas: los suecos estaban locos de la emoción. Sabían bien que habían presenciado una gesta épica que jamás sería olvidada. Un par de minutos después, cuando el reloj marcaba los noventa y un minutos transcurridos, el árbitro pitó el final del encuentro. Los galeses se abrazaron unos a otros; estaban agotados, pero habían sobrevivido a la avalancha mexicana. Los de la playera verde abandonaron el empastado entre aplausos, pero cabizbajos.
El entrenador López Herranz felicitó a todos y cada uno de los jugadores, incluso a aquellos que solo habían estado en la banca. Los muchachos apenas y respondieron al halago. Muchos hasta tenían los ojos llorosos. «Nacho» Trelles, el segundo al mando del equipo, los encaró, y casi gritando, preguntó: —¿Se dan cuenta de lo que hicieron? ¿Están conscientes de lo que han logrado? ¡Es el primer punto de México en un Mundial! ¡Son pinches héroes! Belmonte sonrió e intentó decir algo, pero no fue capaz; un nudo se había formado en su garganta.
Raúl Cárdenas le pasó la mano sobre el hombro y luego le respondió a Trelles, mirándolo a los ojos: —Pues sí, pero, pudimos haber ganado… Uno a uno, los demás seleccionados asintieron con un cabeceo, primero tímido, luego convencido y determinado. Algo mágico había ocurrido en el vestidor: a partir de esa tarde, los futbolistas mexicanos dejaron de mirar hacia abajo. Ese fue el momento en que al fin, se atrevieron a mirar hacia adelante.


