Quisiera decir en un tono suave, casi como un susurro en la oreja de un perro mientras lo acaricio…o mejor aún: como si me lo dijera a mí mismo en esa sucesión cinemática, a veces alegre, a veces absurda, de dos mundiales anteriores y al filo mortal de la tercera Copa del Mundo en México: este Mundial se lo robaron.
Se lo robó Estados Unidos y su presidente filibustero en el delirio de su guerra total, comercial y militar, con su sonrisa infernal al pie del genocidio en Gaza y de la fractura a nivel internacional que genera la destrucción de los derechos humanos; se lo robó, como siempre se roba mundiales, la FIFA, su corrupción a gran escala que se recicla con soluciones de continuidad cada vez más osadas; se lo robó la herencia envenenada de un Mundial pactado en 2016: “¡Ganamos! Norteamérica será sede del Mundial 2026”, anunciaba el entonces presidente Enrique Peña Nieto en un tono neocolonial de sumisión a los Estados Unidos y que justo hoy nos explota a todas y todos en los pies; un tercer mundial en México innecesario, la cripta neoliberal del espectáculo; se lo robó el capitalismo más salvaje que ahora va despojando al campo popular de sus propias creaturas poéticas en todos los países del mundo.
Hubiera preferido no verlo; bueno, no enterarme de que habría un tercer Mundial en México… que este tercer Mundial hubiera llegado en 2666, el año en que todas y todos estaremos ya en el infinito. Quizás muchos de nosotros, los que hemos crecido amargamente con tres mundiales a cuestas en la imaginación cultural y capitalista de nuestro tiempo, nunca nos hicimos a la idea de asistir a un partido mundialista.
Vaya que tuve mediodías, tardes y noches fabulosas, apesadumbras y soberbias en el Estadio Azteca y en el Estadio de CU: cuando mi padre y mi madre decidieron que mi equipo podría ser los Pumas porque esto me podría llevar por el camino de una formación universitaria. Mi padre le va al América y mi madre nos organizaba para hacer y llevar las tortas de jamón y los termos de chocolate a los estadios. No existe para mí el estadio mundialista, hace mucho que la FIFA lo expropió de mi inconsciente: el estadio burgués de palcos y plateas privilegiadas. Siempre existirá ese estadio de tribunas generales, populares y de infancias que languidecen en la memoria del alborozado y espantoso fin del autoritario Estado de bienestar.
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He aprendido a disfrutar de manera indirecta del futbol. Jugué futbol con pasión torpe, con alegría y frustración, siempre huérfano del sentimiento nacionalista: nunca tuve empatía con la Selección Nacional, acaso algo de esperanza en el Mundial de 1978 en Argentina, cuando nos dejaban salir de la escuela República de Guatemala a nuestras casas y cruzábamos en bola la calle para ver en la Telefunken el derrumbe del Tricolor: rápidamente se aniquiló esa tenue esperanza con el 6 a 0 que Alemania le tundió a México en Mar del Plata.
Pilar Reyes y Pedro Soto (porteros a los que les metieron los seis goles, tres y tres: “empatados”, como cuenta algún chiste de la época), Leonardo Cuéllar, Enrique López Zarza, Hugo Sánchez…los últimos nombres que recuerdo ante el abismo realista del futbol. Se acabó, nunca más un Mundial atado al veneno de la ilusión. Sin embargo, debo confesar que, en el Mundial de 1986, por un instante eterno, la Selección Nacional tuvo la oportunidad de ganarle a Alemania en cuartos de final en Monterrey: “Javier Aguirre tuvo el gol y luego se hizo expulsar”, se podía leer en el diario La Afición. El eterno retorno de esa piedra de frustraciones y penales fallados.
Digo que he aprendido a disfrutar de manera discreta el futbol. Prefiero mil veces que toda esta amargura y esplendor guardados en mi memoria encuentren un punto de fuga en las canchas escolares, en las secundarias de Michoacán, por ejemplo.
He conocido jugadores extraordinarios: el Darío, el Mini Messi en el internado de Tacámbaro, la Jocelyn, el Piojo, la María. Perdí como portero una épica serie de penales en el Albergue Hermanos en el Camino de Tuxtepec, Oaxaca, contra la Selección Resto del Mundo de migrantes hondureños, guatemaltecos, salvadoreños, haitianos…con los pies hinchados de caminos tempestuosos que se daban el lujo de anotar goles polvosos.
Eduardo Galeano escribió un breve texto donde habla del partido más triste de la historia. La selección de Chile jugó contra nadie…y tristemente ganó. En 1973, el año del golpe de Estado en Chile, la entonces Unión Soviética se negó a jugar un partido de eliminatoria para el Mundial de 1974 como protesta contra el régimen militar encabezado por el genocida Augusto Pinochet; el partido se jugaría en el Estadio Nacional de Santiago, campo de tortura y desaparición.
Lo más triste y vergonzoso fue la simulación: Chile tenía que anotar un gol como si tuviera un rival fantasma para que su “triunfo” fuera válido… y así fue.
El futbol es el día de hoy, 11 de junio de 2026, un fantasma. Sin embargo, todavía me pregunto cómo es que resucita, cómo entender esa poética de vida que extrae y subsume el capitalismo y que seguramente resurgirá en los próximos días. No me gusta admitirlo, pero esa reserva de belleza que guarda siempre el futbol seguramente la veremos en las canchas del Mundial que hoy comienza.
En un país con tanto dolor como el nuestro, con esa búsqueda de madres y familias de sus hijas e hijas, con un conflicto social real y también virtual, por aire y tierra…con un golpismo abierto tanto de los Estados Unidos como de esas virulentas expresiones políticas; en este enredo cósmico, me hubiera gustado que la Presidenta lo hubiera cancelado, que las migajas de esos 13 partidos celebrados en México (Estados Unidos se lleva 73 partidos a su territorio de persecución migrante y política contra mexicanos y latinos, contra jugadores y árbitros, en esa atmosfera ultra-capitalista de consumo masivo, espectáculo e indiferencia hacia el futbol; Canadá también tendrá 13 partidos) no se conectaran con las contradicciones propias de la época que vivimos. Que nos dejarán a solas con nuestros problemas.
Sólo puedo evocar la tarde en que, siendo portero, vi cómo se elevaba un potente balonazo que me hizo correr y brincar sin poder alcanzarlo; cómo, en una portería sin redes y en un campo polvoso de líneas blancas irregulares, me metían un gol de media cancha. El día de hoy, me sentaré en ese balón amargo para mirar el despliegue de un Mundial robado…La memoria también se sostiene de dolorosas ausencias.


