Por Rafael Calderón
Raúl Mejía (Ciudad de México, 1956), escritor de varios cuentos y crónicas y de unas cuantas novelas –y en particular de una que guardé bajo promesa de leerla no al recibirla, sino después–, me aguardaba en el tiempo. Esa fecha llegó, calcada sobre su edad: este 2026 celebra setenta años. Una cifra redonda que él recibe con la sospecha y la elegancia de quien hizo de la vejez su tema recurrente. Como si quisiera demostrar que los años, igual que los buenos libros, se vuelven más filosos.
Antes de eso, hay que recordar algo de la revista Babel. Dirigir esa revista no fue solo oficio editorial: fue dinamitar altares. Desde ahí desacralizó las letras locales. Menos sacristía, más cantina. Le quitó el corsé institucional a la literatura y la puso a hablar de tú. Aquella trinchera no solo dejó de lado lo regional: sembró la lección de que la resistencia prefiere el polvo del camino antes que las alfombras de la solemnidad.
Es Mejía un escritor periférico que la capital vio nacer y que eligió la cantera rosa no como adorno, sino como espejo y trinchera. Aquí, en Morelia, encontró el latido espeso de una provincia que a veces asfixia con su puritanismo y a veces ampara con sus afectos entre conservadores y los de izquierda. Un territorio de silencios contra el que su pluma choca y se reconcilia a golpes de honestidad.
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No le entusiasma la literatura local, pero dialoga con todos, los observa y no los deja fuera de su ámbito. La poesía no ronda su bibliografía, aunque sí sus conversaciones. Su prosa, en cambio, camina libre: escritor insumiso que se niega a pastar en los templos de la alta cultura. En Triques o Banquetes, las rutinas grises y los objetos más triviales pierden pesadez y se vuelven pequeñas revelaciones. No hay fuegos artificiales. Hay oficio descalzo: desnudar la realidad, quitarle el polvo a lo ordinario para que asome nuestra hermosa sustancia humana.
Es en las orillas donde Mejía construyó su casa. Del mito de la revista Babel al pacto tipográfico con jitanjáfora, su rumbo ha sido la autonomía. Publicó en Tierra Adentro, sí; en la Secretaría de Cultura de Michoacán, y recientemente Cuarta República lo acaba de reeditar. Su mudanza al asfalto digital no es repliegue: es la consecuencia de un espíritu que prefiere la complicidad directa antes que el aplauso helado de los grandes escaparates.
Quien se aventure en sus páginas topará con el “viejo azorado”. Un observador que contempla el desastre del siglo con una paciencia narrativa que esconde la ironía mejor cimentada de su generación. Visitó los sótanos de la burocracia cultural y volvió con los bolsillos llenos de historias. En cada línea, el escepticismo linda con la amargura y funciona como escudo tibio para proteger la cordura frente a las demencias del mundo.
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La clave para entrar en su universo: entender que la ironía es la forma más pura de la piedad y el humor negro el único traje digno que le queda a la inteligencia. El Premio Nacional de Cuento de Humor Negro no fue un trofeo de vitrina: fue el bautizo de una poética del desmitifique. Coronó su condición de cronista y narrador con su columna Guayangaritas: esta fue el arte de reírse de la propia caída, de mirar el desamor o la neurosis urbana, descubrir que en esa herida compartida habita el hilo que nos teje de historias.
Pero acercarse a su narrativa es desaprender la gravedad. Es comprobar que se alumbran verdades desde la provincia sin comulgar con dogmas. Nos queda el guiño cómplice de quien sabe que la vida es demasiado seria para tomarla en serio, y que el humor, cuando nace, es la manifestación más lúcida de una obra –entre la crónica, el cuento y la novela– que configura su permanente autobiografía.
Su novela No pise el pasto es la partitura de esa insurrección cotidiana contra los absurdos del orden social. Desmonta prohibiciones invisibles y buenas costumbres que nos domestican. El título es un manifiesto: una orden que uno se siente dichoso de desobedecer para profanar el césped sagrado de las reglas y mirar de frente las adorables ridiculeces de nuestra comedia urbana. Con una prosa desprovista de falsas suavidades, disecciona cuerpos, distancias y desencuentros.

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No hay llanto solemne: despliega un humor impecable que desarma cualquier hipocresía, transformando lo cotidiano en espejo donde nos reconocemos y, por fortuna, nos reímos. Al final, como escritor se lanza desde los márgenes para revelarse con un pacto de libertad: la cordura se defiende transgrediendo límites con la gracia de quien sabe que la risa es la única lucidez disponible.
Finalmente quiero celebrar las primeras siete décadas de Raúl Mejía y brindar por el hombre que convirtió la ironía en su pasión literaria, transitando entre narrativa y crónica con libertad mordaz. Ha llegado a los setenta con la mirada intacta y la pluma afilada contra los sacerdotes del buen gusto; su permanencia es de una vida dedicada al fuego de la disidencia para hacer frente a las interrogantes de la vejez humana.
Entre la sonrisa que profana el orden y el afecto secreto que resguarda a sus amigos, su existencia sigue siendo la de un creador insumiso: la certeza de que setenta años no son para contemplar el paisaje desde la ventana, sino para seguir pisando el pasto con la libertad que les pertenece a los verdaderos rebeldes del alma.


