Un villamelón suele aburrirse porque no sabe de detalles finos, ni de táctica o estrategia. Un villamelón es una pain in the ass para los expertos… y ese es mi caso: me aburrió el partido contra Corea. Ese peloteo en la media cancha, los tiros largos a quién sabe dónde, ese maldito pase lateral hasta la náusea son narcóticos, relajantes musculares para un aficionado normal y villamelón.
Luego me entero, a través del sabio “Doctor García” que el partido ese no estuvo mal sino todo lo contrario: la táctica fue espléndida y todo salió perfecto (lo mismo opina el Tuca Ferretti), que el entrenador Aguirre ha logrado conformar un equipo ordenado en la parte baja y sí, hasta a mí me parece que la Selección es confiable en la defensa. En otras palabras, podemos preocuparnos menos que en otros mundiales por ser pillados como el Tigre de Santa Julia y nos anoten un gol en tiempo de compensación.
Dicho de otra manera, defensivamente las sorpresas no son mayores a las que sufren equipos como Inglaterra, Brasil o Francia. Hasta antes de este salto cuántico, los últimos minutos, de todos los juegos mundialistas, requerían un escapulario en el pescuezo de los jugadores y uno, como aficionado, andaba con la veladora para todos lados rezando porque no nos metieran un gol en tiempo de compensación o nos marcasen un penal.
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Me gustaría tener esa capacidad de varios amigos míos que disfrutan hasta de los partidos aburridos. Algo tienen esos encuentros. Hasta parece que están jugando ajedrez y ven cosas que los comunes no captamos, por ejemplo. No sabía de la importancia de Lira y esa mágica conexión con Romo (autor del gol con Corea) hasta que Tuca Ferretti me la develó.
Esta versión del once mexicano y su orden castrense en la parte baja y en la media cancha está chida, pero por Dios, alguien debe explicarnos la absoluta inoperancia en la delantera. ¿Es parte del “Plan Aguirre”?
(De una vez lo digo: estoy feliz de que hayamos pasado a la siguiente ronda y nada se parece a ganar… pero me preocupa algo y lo expondré en cuanto cierre este paréntesis).
Yo no veo por ningún lado un equipo ofensivo, elaborando jugadas 100% futboleras que pongan nerviosa a la selección rival. Vi el juego de Inglaterra contra Croacia y también los dos que ha disputado Estados Unidos, el de Argentina contra Argelia y pues no hay forma de decir “más o menos jugamos como los ingleses”.
A estas alturas, las selecciones matonas ya despertaron: España masacró a los saudiárabes tal como estaba prescrito en el reglamento; los holandeses fueron muy descorteses con los suecos y nomás cinco golecitos les endilgaron. O sea, los sospechosos comunes (a ganar el campeonato) ya están listos para lo que venga.
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¿Pasaremos al quinto partido?
En este momento parece que sí, pero primero hay que ganar el cuarto cotejo a Escocia u otro rival que se cuele en el lugar de Ecuador (posibles rivales). No son equipos como para presionarnos demasiado, pero recuerdo cuando en el Mundial de Corea/Japón hace casi un cuarto de siglo nos tocó Estados Unidos y antes de que empezara el partido ya estábamos celebrando el triunfo en el Ángel de la Independencia… pero los gabachos nos ganaron.

Contra los checos (tercer partido de mero trámite) ¿podríamos albergar la esperanza de ver otra selección? Pienso en la pertinencia de alinear a Gilberto Mora, el escuincle maravilloso (¿por qué Yamal sí y Mora no?). ¿Qué tal si la magia opera y hay entendimiento con Lira, con Fidalgo y con Quiñones? ¿Qué tal si damos con la fórmula operativa que nos ponga no en el quinto partido, sino más allá?
El partido contra Chequia es un buen momento para probar variantes ofensivas.
Podríamos poner a jugar al pequeñajo Mora para que agarre confianza y sea “el que hace la diferencia” y sí, sólo falta que lo demuestre o que muera en el intento. +
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Mientras eso ocurre, acudimos al expediente de lo mágico, lo azaroso: que el estadio Azteca pese en el ánimo rival, que la altura de la CDMX aniquile las vías respiratorias de los rivales y que el apoyo del público agobie a los equipos rivales —nada aterroriza más a un escocés que escuchar ese gritillo pitero de “¡sí se puede!”… aunque, debemos reconocer que los gritos de “ole” sí desconciertan a cualquier seleccionado nacional.
A Corea, equipo correoso, no le importó (o no se notó) ni el peso de Guadalajara, ni la presión del público mexicano… y por poco empatan el marcador.
Estoy de acuerdo: se trata de ganar aunque no se juegue bonito.
De verdad me gustaría ver, contra los checos, a una selección mexicana no sólo ordenada y jugando por nota en la defensa… también un equipo que inspire miedo o respeto o prudencia en los rivales.
Falta que esos muchachos nos dejen con la sensación de que llegan al área con intenciones de someter al rival —con goles, de preferencia.


