Reconozco que desconozco si por algún trastorno mental no diagnosticado soy incapaz de entender qué esperan de una película los reseñistas y críticos de cine.
A veces, al leer a un crítico contemporáneo, imagino a Homero Simpson en el episodio donde se convierte en crítico culinario. Cuando empieza a destacar todo lo bueno de la comida que prueba le advierten que ser optimista es la tumba en esa profesión, entonces se vuelve tan apático que ya ni disfruta la gastronomía.
Con la reciente película de La Odisea pasa algo similar. Aunque para la película es positivo mantenerse en la conversación, me parece exagerada la reacción negativa que se ha tenido al respecto de la adaptación.
En una publicación en redes, Irene Vallejo dijo sentirse como una niña que no tolera que cambien el cuento que conoció de pequeña. Emily Wilson, quien tradujo el poema griego a un lenguaje contemporáneo, aseguró que le daría vergüenza haber escrito alguna línea del guion, que la película tenía buenos momentos porque el clásico de la literatura homérica no se puede arruinar por completo. Daniel Kimmel, un crítico del North Shore Movies escribió «La Odisea es uno de los clásicos de la literatura. Nolan podría haberse preguntado qué lo hizo perdurar, en lugar de tratarlo como un cómic”.
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Al igual que Irene, yo conocí La Odisea en voz de mi padre. Pero él no me la leyó. La contó tal como se acordaba. Cuando la red eléctrica fallaba y nos quedábamos sin luz, mi padre nos reunía para contarnos historias.
No sacaba un libro ni una vela. No. Solo las relataba al hilo. Nos contó La metamorfosis y el sentimiento de melancolía que tuvo Gregorio Sansa habitó en mí desde entonces y no cambió cuando leí la obra de adulto. Nos contó la Odisea e imaginé a Helena como la niña que me gustaba y se llamaba Rosita. La emoción que sentí entonces no cambió cuando vi troya ni cuando vi La Odisea, no cambió ni siquiera cuando vi la parodia de los Simpson. Entendí que un autor puede morir, puede que otro llegue en su lugar y te cuente la misma historia de manera diferente, y luego otro le cambie los nombres o la actitud a los personajes, pero la obra permanecerá, porque una persona puede no recordar lo que se le dijo, pero sí cómo se sintió cuando lo escuchó.
Sobre el elenco, me pregunto si son las personas quienes hablan, o las ideologías obligándolas a rechazar algo en una especie de posesión diabólica. Mientras unos aluden a que la película es “muy blanca”, con un Mat Demon americanizado, una Penélope, un Telémaco y hasta un Agamenón con apariencia de personajes de cómic.
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Otros critican que Lupita Nyongo fuera Helena, o que en la tripulación griega hubiera personas con rasgos asiáticos y afrodescendientes. Los segundos revelan su burdo racismo, y los prineros estructuran argumentos complicados, con palabras rebuscadas, casi como maromas con tal de desviar la atención de la historia. Aluden a huecos en el guion, sin explicar inconsistencias y sin centrarse en la lógica interna de la película.
Esta actitud me parece comparable con un sketch de Key y Peele donde un juez de Master Chef da una crítica que parece positiva y a la vez cruel y desproporcionada, solo para confundir y sostener su prestigio. Pareciera que el objeto de la crítica no es la obra, o no lo es tanto como mantener su estatus de “intelectual” o cinéfilo.
Cuando se proclaman argumentos sobre que un cineasta cambió la obra original, me es inevitable pensar qué tan original era la obra original. Como si se aludiera a la privatización de una idea. Para esto prefiero quedarme con el comentario de Héctor Daniel Pérez Aguilera: “Traducir es traicionar” y adaptar no parece más que una traducción más elaborada.
La obra permanece
Navegando en internet, me topé con un comentario que decía “Pinche Odisea, me recordó cuando iba a dejar a una ex a su casa”. No sé quién lo escribió ni quién le tomó captura de pantalla, pero me dice mucho más que varios comentarios de reseñistas actuales. La obra no es significativa por el conjunto de palabras o de imágenes, sino por el sentimiento compartido que las “neuronas espejo”, si es que se les puede llamar así, genera en nosotros.
Me pregunto si es que se esperaba algo más que una película. Si los 250 millones de dólares que costó debían ser utilizados para replicar la Grecia antigua con la fidelidad suficiente para convencer a historiadores y a revisionistas de la historia al mismo tiempo.
Por lo pronto, me queda claro que a algunos no le gustó que Nolan tomara una historia vieja e hiciera una película (otra) con un lenguaje contemporáneo. Por mi parte, me asombro con los distintos tratamientos y enfoques que un cineasta puede darle a una historia ya conocida. Lo disfruto. Es más, creo que en estos momentos me anda faltando un Edipo Rey de Yorgos Lanthimos, una Medea de Shyamalan o hasta una Antígona de Greta Gerwing, ¿se imaginan?


