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Home»Columnas»La costumbre tan gozosa de cambiar los nombres a todo
Columnas

La costumbre tan gozosa de cambiar los nombres a todo

Raúl MejíaBy Raúl Mejía16 agosto, 2026Updated:16 agosto, 2026No hay comentarios12 Mins Read
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Cambiar nombres calles
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Introducción sin dolor

Recuerdo uno de los primeros días de la nueva presidencia de Trump. Cuando amaneció con ánimo rebautizador y decidió que el Golfo de México ya no se llamaría Golfo de México sino Golfo de América. Hasta una orden ejecutiva mandó para que vieran que las cosas iban en serio.

¿Por qué a los poderosos y poderocitos les da por renombrar calles, pasos, mares, ciudades, edificios? Pues porque pueden y sienten bien bonito hacerlo. Con poder (así sea en una modesta tenencia de alguna ciudad) emerge la voluntad de hacer cosas que sólo muestran lo bellacos que pueden ser los humanos cuando se trepan a tabiques. Eso sí, ya inoculados de ese virus bautismal, se debe tomar nota de un pre-requisito, porque en México, antes de emprender semejante desvarío –como cambiarle el nombre a la fuente de Cibeles, la Fontana di Trevi o la de la plaza de Carrillo en Morelia– se aconseja la prudencia: debe contar con una consulta ciudadana –o encuesta– para avalar el atropello de manera legal… aunque no siempre es necesaria la tal consulta; basta una encuesta.

Veamos un caso: ¿qué hubiera pasado si Laura Fernández hubiese proclamado que el Golfo de México se iba a llamar “Golfo de Centroamérica”?

Nada. Absolutamente nada, pero como la chistosada corrió por cuenta de Trump, se hizo un relajo y los mexicanos nos asustamos un poco: ese hombre es capaz de todo.

Pongámonos serios y vayamos –como lo hacía un famoso descuartizador– “por partes”.

¿Alguien sabe quién es Laura Fernández?

No… además es irrelevante quien sea Laurita. Puede decir misa y decretar el cambio de nombre del río Térraba o de la basílica de Guadalupe. No pasará nada, pero como la burrada del golfo la excretó Trump, las cosas se descontrolaron. Por momentos, los robots de Google se miraron con semblante atribulado y preguntándose si de una vez rebautizaban el golfo poniendo el nuevo nombre en todas las pantallas y tablets del mundo o se esperaban para recibir más información en el formato de las operaciones binarias.

Hasta donde sé, el Golfo de México sigue llamándose Golfo de México –al menos en las partes golfas que bañan las costas mexicanas. ¿Alguien anda preocupado por eso? No.

Golfo de América

Hay casos divertidísimos en extremo. Pienso en una señora llamada Elena García. Esta mujer un día amaneció con un irrefrenable ánimo bautismal y le pareció una excelente idea cambiar el nombre de las calles de Tultitlán, en el Estado de México. ¿Por qué lo hizo? Básicamente, como ya se apuntó, porque podía hacerlo… y lo hizo. Si una calle se llamaba Morelos, a partir del “primer día de la creación” se llamó “Me canso ganso”; si otra se llamaba Revolución, pasó a llamarse “Internet para todos”. Una decisión de huevos, de gónadas femeninas: “porque me da la gana, cabrones”.

¿Quién es Elena García? Les digo: fue la alcaldesa entre 2022 y 2024 de Tultitlán y quien le cambió los nombres a las calles de una zona conocida como Fimesa I, Fimesa II y Fimesa III en su municipio. Con ese cargo o patente de corso (es casi lo mismo) se le ocurrió ese cambio de nombres a las calles. ¿Cómo se cumplió el pre-requisito para cumplir su delirio? Fácil: cambiar los nombres a las calles era imprescindible para para coadyuvar a la regularización de predios y cosas así.

[En este momento habrá un lector sagaz que siga con la canija duda respecto a quién es Laura Fernández, la mujer mencionada más arriba. Se los digo: es la actual Presidente de Costa Rica y jamás le pasaría por la cabeza esa burrada de cambiarle el nombre a un Golfo… eso se lo deja a amibas como Trump].

No hay sujeto o sujeta con poder inmune a padecer el síndrome del refundador y paso a darles algunas anécdotas de cómo esa irresistible tendencia se ha ejercido.

Primera parte

Empecemos cuando Pedro El Grande, hace un titipuchal de años, fundó una ciudad bien bonita y la llamó “Sankt-Petersburg”. ¡Ah, las noches blancas de ese lugar de ensueño! ¡Ah, las reminiscencias teutonas de su nombre! Así se llamó desde 1703 y hasta agosto de 1914, cuando los alemanes empezaron a dar mucha guerra y ser muy antipáticos. ¿Qué hizo el Zar Nicolás II el primer día de septiembre de 1914? Le cambió el nombre y le puso “Petrogrado”. Un nombre que sabe a vodka y sopa de Borsch.

A mí me gustan los dos nombres y si me hubiesen preguntado, les hubiera dicho “está chido Petrogrado, déjenle ese nombre”, pero ni había nacido ni me preguntaron. Lo que importa es que los rusos en general –y los oriundos de la otrora Sankt Petersburg en particular– dijeron “pues ni pex” y fueron felices entre 1914 y 1924… pero un diminuto y tremendo personaje conocido como Lenin tuvo la ocurrencia de morirse el 24 de enero de del 1924 y los nuevos dueños de la verdad y encarnación del alma soviética reflexionaron cosas como “estaría chido que Petrogrado se llamara Leningrado, ¿a poco no?”

Así de fácil.

Sankt-Petersburg

En dos días (el 26 de enero de ese año) Sankt Petersburgo pasó a llamarse Leningrado. Nadie se opuso. ¿Para qué? ¿Acaso los quejosos no apreciaban su miserable existencia en el paraíso de los trabajadores comunistas?

¿Creen que ahí paró todo?

No.

El devenir del nombre de esa ciudad aún nos deparaba varias sorpresas, sobre todo con el pintoresco Gorbachov y el desmadre que provocó en la URSS con su glasnost y perestroika. ¡Ay, no, eso era el acabose! Todo parecía eterno en ese montón de repúblicas sometidas… hasta que dejó de ser eterno. Entre 1985 y 1991, todos lo sabemos, aquello fue un desorden pantagruélico, inconmensurable… hasta que se hizo medible, racional, contable y repartible entre la banda de ladrones comandada por Putin, quien, aunque no lo crean, goza de amplios márgenes de popularidad entre los rusos de casi todas las latitudes.

En medio de todo el relajo andaba un alcalde del merito Leningrado. Su nombre, Anatoly Sobckak. A ese señor le pareció buena idea hacer una consulta ciudadana para saber cómo debía llamarse la ciudad que, por 67 años, el mundo había conocido como Leningrado. “O sea… ¿podemos elegir el nombre?” –se preguntaron, atónitos, los leningradenses, a quienes nadie les preguntaba absolutamente nada desde antes del año sagrado de 1924.

¿Cuál nombre escogieron esos neorusos en 1991?

San Petersburgo.

Así es: el nombre original (pero sin reminiscencias teutonas) de 1703.

Segunda parte

Volvamos al México de hoy y dejemos a los rusos en paz por un momento. Ya nos ocuparemos de ellos más adelante.

Los habitantes de Tultitlán se rebelaron ante las estupideces administrativas de doña Elena García, pero eso (hacer estupideces) a nadie le importa; ya están casi presupuestadas. Que la calle Independecia siguiera siendo Independencia y no payasadas como “Abrazos no balazos” era irrelevante para la genuflexa alcalde… hasta que el tema escaló a lo económico: iba a ser un despapaye reconfigurar el municipio en materia electoral. Costaría mucho dinero.

Eso, el costo del disparate, sí permitió que la sensatez imperara. Cuando de dinero se trata, todo cambia. La madurez ciudadana, transeúnte, la de los carteros y los taxistas tultilenses, eso no cuenta, ni contaba ni contará. De hecho, nunca ha importado. Lo que cambió el capricho de Elenita García fue lo oneroso de su sueño y así, por fortuna, las calles recuperaron sus nombres originales.

Desde antes de los hechos narrados, una científica ya andaba haciendo de las suyas en ese rubro de las mudanzas de todo tipo y cambios de nombre de toda laya. Su nombre: Claudia Sheinbaum, a quien el mundo conoce como “la domadora de Trump”. Sus datos generales son del dominio público: admiradora ferviente de la revolución cubana y asidua de marchas contra “el sistema” y el capitalismo. Educada en Stanford (1991-1992) y en Berkeley (1993-1995). Fue alcaldesa en Tlalpan; luego devino en la mera mera de la Ciudad de México y, desde hace dos años, es nuestra Presidente del Poder Ejecutivo, nuestra mandataria.

A nuestra Presidente de la República –sorry, pero soy de esa terca minoría sectaria que no acepta decirle Presidenta. Es una postura (la mía) condenada al fracaso y el escarnio público pero estoy en la edad de ponerme romántico con el uso de los sustantivos de género común que sólo cambian –de género– con el uso de un artículo y cosillas así.

Su ánimo refundador, rebautizador y removedor empezó desde antes de ser nuestra Presidente. ¿Por qué lo hizo? Porque podía… y empezó apenas tuvo un poco de poder.

Brevísimo y aleatorio recuento: la glorieta de Colón se quedó sin la estatua de Cristóbal y ahora se llama “Glorieta de Amajac” o “Glorieta de las Mujeres que Luchan” –es lo mismo y es igual– pero ahora, en lugar del “descubridor de América”, hay una escultura feísima. Otra: la calle Puente de Alvarado, hoy se llama Calzada México-Tenochtitlán (que apuntan al mismo punto porque son lo mismo); una estación del metrobús (línea 7) se llamaba Glorieta de Colón y hoy se llama  “Amajac”.

La científica Presidente no ceja en su ánimo bautismal. Por ejemplo, una costumbre popular empezó a referirse a un árbol radicado en Popotla, como “El Árbol de la Noche Triste”. Por casi doscientos años así se conoció y es normal: la costumbre suele hacerse tradición y ésta se hace ley y cosas así, pero en esta vida, lo sabemos, “verbo mata galán, rollo mata carita”… aunque desde el poder es menos complicado: “decreto mata tradiciones centenarias”. Punto.  Así entonces, desde junio de 2021 –y por la mágica encarnación del pueblo en una sola persona– el ahuehuete se llama “Árbol de la Noche Victoriosa”.

Glorieta de las Mujeres que Luchan

Así, nomás por las gónadas presidenciales.

Ese cambio de nombre sí me puso dubitativo y me pregunté a qué “noche victoriosa” se referían. No es que ande de fijadito, pero hasta donde mis profes de primaria me enseñaron y luego, ya más labregón confirmé, la noche del 30 de junio de 1520 fue, en efecto,  una noche muy triste para los conquistadores. ¿En verdad Cortés se puso a chillar ahí? Nadie lo sabe, pero, eso dio lugar a que los Beatles sacarán, en julio de 1964, una canción muy famosa que titularon La noche de un día difícil, la inolvidable A hard day´s night.

Cierto: a partir de las 7:15 pm del 30 de junio de 1520, las huestes de Cortés la pasaron muy mal, pero eso de que los indígenas “ganaron” o “salieron victoriosos” –como sugiere el cambio de nombre del árbol de Popotla– pues no fue así… o a mí me contaron otra cosa.

Ya para el 1 de julio de ese año las cosas seguían muy tristes, pero apenas se espabilaron, se reorganizaron y todo eso, esos bribones abusivos y barbados invasores le endilgaron a estas tierras (que no eran México) tres siglos de virreinato.

De ahí salimos todos los mexicanos y la mayoría hablamos en español, entendemos el mundo en español, amamos en español, odiamos en español, recordamos en español… o sea ¿en serio triunfaron los mexicas? ¿No será que, al final, triunfó el conglomerado integrado pr tlaxcaltecas, cholultecas, totonacas y otros aliados de los españoles… aunque, al mero final, los ganones fueron los peninsulares? ¿No será que triunfó el mestizaje?

Al menos eso creía yo, pero no me hagan caso. La verdad real y verdadera la tienen los nuevos dueños de la verdad en México –y luego la tendrán los que sucedan a los actuales poseedores de la neta del planeta. Así es y así ha sido siempre.

Tercera parte y final

Lo mismo le pasó a los zares rusos y luego a los bolcheviques y luego a los neorusos…  y en pocos años le pasará a los pro-putines de hoy. No falla. Putin quiere la inmortalidad y él lo sabe: es la encarnación de la grandeza imperial rusa, así, humildemente. Por mi parte, acudo a una pregunta esencial y marmórea de Marco Antonio Solís, el Buki: “¿A dónde vamos a parar?”

Sólo les pido guarden en su memoria esto, amigos y amigas: San Petersburgo bien valió NO una misa en 1991 (eso sólo vale para Enrique IV) pero sí una consulta verdaderamente popular en ese año, cuando recuperó su nombre original luego de setenta y siete años de usurpación, pero todo puede cambiar cuando se muera Putin porque ese canijo nació… ¿dónde creen?

Pues sí, en San Petersburgo.

¡Joder, ya no hay moral ni buenas maneras! ¿Se llamará Putingrado?

Pero sigamos con la fase refundadora nacional de nuestra compañera Presidente y  científica: la estación del metro conocida por todos los mexicanos como Zócalo… hoy se llama (creo) “Zócalo-Tenochtitlán” y hay más ocurrencias: me informan algunas fuentes de poco crédito, que todas las calles que se llamaban Gustavo Díaz Ordaz fueron borradas de la Historia –hasta las fundiciones en bronce que daban fe de una inauguración se quitaron. Si alguien busca la placa en donde se informaba quién inauguró el metro de CdMx debe buscar en otra parte porque no hay placa… aunque dudo a alguien le importe quién lo inauguró.

La última decisión, en nombre de la patria toda, fue rebautizar un paso campirano entre las montañas conocidas como “el Popo y el Ixtla”. Ese camino, hasta antes del siglo XVI, se conoció como “Tlamacaxco” y más o menos desde 1519 (los sabios aún no se ponen de acuerdo)  como “Paso de Cortés”. ¿Cuántos siglos ese lugar se conoció por ese nombre? Pues nomás cinco, pero ahora se llama “Paso de los Pueblos Indígenas”.

Reitero y rindo homenaje al Buki: “¿A dónde vamos a parar?”

Desde estos textos que pergeño cada semana para entretenimiento de mis queridos cincuenta lectores notariados, le informo al ficticio Comité Dueño de la Verdad Eterna (pero transitoria) de México, que hay una zona geográfica esquizofrénica que reclama la atención refundadora inmediata. Me refiero a lo que hoy, en ciertos reductos irreductibles de la península de California, se conoce como “Mar Bermejo”. ¿Qué tal? Se oye bien: Mar Bermejo.

Pero en otros contextos se conoce como Mar de Cortés  –ese apellido causa  náuseas. ¿Cortés? Guácala.

Aunque, siendo pragmáticos, se conoce más como Golfo de California.

Sería bueno que se unificaran criterios.

¿Cómo rebautizar al Mar de Cortés o Golfo de California?

Que decida la ciencia… aunque se me ocurren algunos nombres.

También lee:

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Raúl Mejía. Escribidor. Ha publicado libros que nadie ha leído. Publica sus ocurrencias únicamente en Revés Online y son más extensos de lo normal. Sus artículos parece que sí se leen y por eso cuida a sus lectores. Los tiempos no están para andar dilapidando esa especie en franco proceso de extinción.

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