Les contaré lo que me pasó luego de leer el libro que marca el debut de Woody Allen como novelista a sus bien cumplidos noventa años.
Todos (eso creo) sabemos algo de ese director de cine por sus excepcionales películas y aquí cada quien tiene sus favoritas. Yo me quedó, de entrada, con dos de su primera etapa: Manhattan y Annie Hall. Woody también es famoso por los problemas durante su matrimonio con Mia Farrow y la perturbadora relación con algunos de sus hijastros e hijas adoptivas… de hecho, se casó con una de ellas y parecen muy felices. El matrimonio Allen/Farrow, en cambio, parece una historia de terror. Los medios de comunicación se encargaron de hacer un show al respecto y los protagonistas mucho dinero con los derechos de transmisión, entrevistas y libros. Lo normal.
La novela-debut del famoso jazzista aficionado se llama ¿Qué pasa con Baum?
A falta de versión electrónica de ese libro, me resigné a leerla en papel y la terminé en seis o siete sesiones, la dejé toda subrayada (anotaciones pertinentes incluidas) y llegué a la última página con una sensación de lector agradecido… pero no fue fácil, amigos y amigas. El libro está ¿cómo decirlo? A ver, mmh, decir que tiene una estructura novelera es mostrarme muy generoso con un libro hecho, como decía mi mamá, un mazacote, pero bueno, se trata de Woody y fui fan irredento de ese sujeto.
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¿Fui? ¿Acaso ya no lo soy?
Sí, pero menos. ¿Quién soy yo para cuestionar cintas como Golpe de suerte en París o Match point? en fin, no me ha decepcionado tampoco con sus relatos y crónicas tan inteligentes y divertidas.
¿Y con su única novela?
Pues… nunca me pareció estar leyendo una novela sino un larguísimo monólogo con el mismo Woody en el micrófono.
Paso a exponer una reflexión que tuve presente mientras leía la historia y quizás algunos lectores se preguntarán si de verdad esto es un Expediente Vegetal. Les contesto: sí, es uno de esos expedientes.
La “amistad” con Woody me ocurrió cuando andaba (yo) en mis poderosos veintitantos. Fue un encuentro feliz. Sus pelis mostraban una ciudad de Nueva York que amé a través de neoyorquinos intelectualizados de clase media alta que incrementaban la leyenda sobre esa gran manzana que soñaba conocer algún día. Nueva York, todos lo sabemos, es una ciudad hecha de literatura: John Dos Passos, Paul Auster, Truman Capote y hasta el mismísimo García Lorca. Me han de disculpar lo exageración, pero si John Kennedy se atrevió a decir, frente al Ayuntamiento de Schönenber la clásica frase “Ich bin ein berliner”, modestamente les confieso que a mis veintitantos me sentía neoyorquino: “I´m a newyorker”.
Para sintetizar: esas pelis de Allen casi me nombraban, pero bueno, a esa candorosa edad yo andaba rezagado en muchas parcelas de la vida. Pasaron varios años para que el efecto de esas cintas (Manhattan y Annie Hall) fuera contundente… y las pelis posteriores de Woody lo confirmaron. Eso significa que la globalización de experiencias o reflexiones culturales fue anterior al tipo de globalización actual basada en las mercancías y algoritmos.
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Allá por la página 146 de ¿Qué pasa con Baum? empecé a preguntarme cuántas páginas faltaban para terminar. Empezaba a resultarme medio cansado continuar. No puedo decir cuál parte me hizo pensar tal cosa porque el libro no está dividido en partes: todo es una sola parte, con hartas comillas francesas y a veces sin ellas.
No hay capítulos y sí, claro, tiene parajes muy interesantes, sobre todo la historia de amor de Baum con Tyler, una de sus ex esposas, que está repartida a lo largo de la novela (me encantó ese territorio del libro), pero lidiar con un narrador que lo sabe todo (omnisciente, se le llama), luego montones de monólogos internos y una estructura más bien complicada de seguir me hizo responder a la pregunta del título: ¿Qué pasa con Baum? Respuesta: pues le pasa lo que le está pasando a Woody en esta fase de su vida, ni más ni menos.
Ubiquemos el asunto, por favor
El “problema”, como suele decirse tratándose de vegetales ilustres y muy viejos, es que se niegan a dar un paso al costado. Desde la lozanía, la firmeza de tejidos y la inmortalidad de la media vida triunfadora, uno se pregunta (me pasó, por eso se los digo) por qué esos ejemplares periclitados siguen reptando en este mundo, o sea, qué latosos ¿no? No sólo son vejetes, no. Tienen el descaro de parecer viejos. O sea, ya no los debemos tomar en serio. Están “chocheando”. Son seres que dan hueva.
Ese asunto lo abordó de manera muy amena un jovencito de cincuenta años llamado Nicolás Alvarado en una entrevista reciente con Gloria Calzada, de sesenta y cinco. A esta mujer le dio por reivindicar a los neovejetes, pero -me han de disculpar- para mí, el único programa interesante, es ése en donde invitó al cincuentón arriba mencionado. Van sus palabras:
Creo que una mentira constante es que los viejos son valorados, que la experiencia es tenida en cuenta. Culturalmente tendemos a no valorar la experiencia y no valorar a los viejos en la medida en que se vean viejos, es decir, creo que valoramos a Helen Mirren, pero no a Judi Dench…
[Va un comentario especulativo de mi parte: supongo que Nicolás opina que Helen Mirren es una actriz no sólo excepcional, sino famosa y muy conocida, valorada; Judi Dench, en cambio, es una actriz extraordinaria… pero no tan famosa y reconocida como Mirren. A una se le disculpa la vejez y a la otra se le cuestiona]. Sigue el joven Alvarado:
Creo que nos cuesta más trabajo el viejo que ha dejado de jugar el juego de la juventud, pero creo es una realidad cultural con la que tenemos que lidiar…
La entrevistadora le comenta a Nico que la manera como hoy se ve y se trata a los viejos se ha modificado para bien y que ella y su amiguito ya no envejecerán igual. La idea del envejecimiento “como antes”, ya no los tocará a ellos. Son otra generación y la vejez, para personas como ellos, seguro no será tan complicada. Eso es bueno.
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Respondiendo al comentario de la entrevistadora, Alvarado se pone a contarnos que tuvo un amigo cuarenta años mayor que él (se refiere a José de la Colina) pero ese amiguito no jugaba al juego de “hacerse el joven”. Tenía pancita, sin redes sociales, el pelo blanco, un gran conversador, interlocutor interesante y además muy divertido. Menciona que, culturalmente, ya estamos más abiertos a esa interlocución entre generaciones y concluye:
Déjame decir algo provocador: no sé si las glorias o los nicolases somos parte del problema, es decir, yo sé que yo juego el papel del tío cool. Los libros que leo, la música que escucho, la forma en que me visto, me hacen jugar el rol del tío cool: no el chavoruco grotesco. Eso nos da viabilidad… pero a lo mejor le resta viabilidad a personas de nuestra edad que viven la edad de otra manera.
Pista de aterrizaje, lista
Cuando “me hice amigo de Woody Allen”, les repito, él tenía veinte años más que yo. Un abismo generacional y, sin embargo, ahí estaba ese sujeto tirando netas –algunas de las cuales muchos vivimos “en carne propia” años después.
De pronto, ocurrieron tres días estelares de mi vida: cuando cumplí treinta; luego cuando cumplí cuarenta y, diez años después, cuando desperté y ya tenía cincuenta: “¿pues a qué hora me hice un joven viejo en plena manifestación de poderío?” –me pregunté un poco inquieto. Fue el momento de tomar en serio a Lupita D´Alessio y su rola inmortal: Hoy voy a cambiar.
¿Qué hice?
Obvio: me pareció muy cool hacer lo que marca el reglamento de la ingenuidad (pariente cercana de la estupidez) y el protocolo de las revisiones purificadoras: me deslindé del Woody Allen de setenta años. Pinche viejo anacrónico y, además, abusador. ¡Qué manera tan lamentable de envejecer, caray! –eso dijo un Raúl pleno y acertado de cincuenta años a quien todo le salía bien en esta vida… bueno, casi todo.
Pero aun siendo veinte años mayor en ese momento histórico (yo, cincuenta; él setenta), Woody siguió haciendo pelis muy buenas y yo… pues ahí la llevaba, ejerciendo el mantra nacional de “echarle ganas”. Mi media filiación profesional y personal era (y es) infinitamente modesta.
De los sesenta y cuatro en adelante, Woody se apuntó películas como Vicky Cristina Barcelona, Blue Jasmine, A Roma con amor, Scoop y, recientemente, 2022, a los 87 años, Un golpe de suerte en Paris… o sea, mejor le bajo tres rayitas a mi superioridad cronológica y me aplico en algo menos glamoroso: respetar a los mayores por muy repetitivos que resulten, por más “idiáticos” que sean, por muy viejos que suenen sus chistes.
¿No será el momento de ponerme en el mismo modo, humor y disposición que tuve cuando yo tenía veinte y él cuarenta? Me refiero a ver sus pelis y leer sus textos actuales con algo del ánimo que me procuraron sus pelis y textos cuando yo tenía veintitantos y él cuarenta y tantos. Recordemos: cuando alcanzó el medio siglo de vida, ese tipo era un manantial de ironías, críticas y humor que nos cuestionaba, divertía y advertía.
¿Hoy ya no?
Hoy suele ganarnos el natural desdén juvenil de adolescentes de cincuenta años a partir del disparo de salida del medio siglo.
Lo digo porque, en una de esas, la vida no me alcanza para llegar a los noventa y hay una ley conocida por todos desde tiempos ancestrales: “la única manera de llegar a viejo… es cumpliendo muchos años”. Está buena la frase, pero les tengo una más cañona: “ser viejo sólo significa que no te has muerto”. Se la escuche a Katherine Ryan, una mujer bien inteligente en el medio del “stand up”. Búsquenla.

Final esperado
En la novela de Woody no hay más sorpresas que la dificultad de seguir una trama plena de acotaciones de un narrador que lo sabe todo (ominsciente, le llaman), de monólogos interiores y diálogos “con el otro Baum que le contesta al primer Baum” que generan digresiones tan interesantes como difíciles de distinguir y seguir –mi ejemplar tiene varias anotaciones del tipo “aquí empieza a hablar consigo mismo” o “esto se lo está diciendo en este momento a su hermano Josh”.
Fuera de eso, les doy la media filiación de Baum: es un personaje metido en un problema que lo vincula al movimiento Me too porque se pasó de lanza con una periodista japonesa. El tipo es un hipocondriaco, su matrimonio hace agua por todos lados, tiene un hijastro absolutamente antipático quien, para acabarla de fastidiar, se convirtió en un novelista exitosísimo y pagado de sí mismo; la ciudad de Nueva York que nos muestra sigue siendo cautivadora (pero con añoranzas en el tono de un melancólico de la década de los setenta), la narración es confesional, trata del desmoronamiento existencial de Baum, va sobre amores esplendorosos del pasado que terminaron como era previsible: mal… y tiene momentos con lo mejor de Allen.
Pregunta: ¿el debutante novelista de noventa años nos habla –a los jovencitos de entre sesenta y noventa– desde la experiencia de nueve décadas y preferimos desdeñarlo?
Pues chance y sí, pero como tenemos la displicencia juvenil de los vigorosos setenta, nos sentimos superiores y con seguridad pensamos “eso a mí no me va a pasar”.
La adolescencia senil suele durar demasiado. En mí, ya es un escándalo.
Ahora sí, terminemos con esto.
¿Recomiendo la lectura de ¿Qué pasa con Baum?
Sí.
No tengo dudas al respecto.


