Hace unos nueve años (2017), en una entrada de mi “querido diario”, puse un dato del que recién me enteraba gracias a la visita de Leonardo Di Caprio al presidente Peña Nieto para ofrecer su ayuda en pro de la salvación de la Vaquita Marina. La verdad yo ni sabía que existía ese animalito y de inmediato saldé esa falencia a través de Google –un sitio aún ajeno la inteligencia artificial tal como la conocemos ahora. Ahí supe todo lo necesario como para lamentar el destino de ese simpático cetáceo cuyo código postal está ubicado en el norte del Mar de Cortés. ¿Cuántas vaquitas quedaban en 2017? Quedaban entre ocho o nueve ejemplares.
Ese dato me remitió a otro igual de alarmante. El de los rinocerontes blancos, una especie “funcionalmente extinta” –según National Geographic– porque sólo quedan dos ejemplares y son hembras. El último machín de esa secta entregó los tenis en el remoto 2018 y se llamaba Sudán. O sea, esa especie ya valió chetos. Hoy, un cuerno de rinoceronte se cotiza entre 30 y 60 mil dólares por kilo. A esa protuberancia pilosa de los simpáticos paquidermos se le atribuyen cualidades sicalípticas milagrosas y hay quienes pagan lo que sea por unos gramos molidos de esos cuernos que, cuenta la leyenda, sirven para hacer que los guerreros febles vuelvan a la batalla como si nada hubiese pasado.
Ahora bien, ustedes se preguntarán qué es un “guerrero feble”.
Dejémonos de eufemismos y palabras raras. Un “guerrero feble” es un pene guango e inútil para efectos del cumplimiento eficaz de las pulsiones jariosas. Digamos que, para esos adminículos masculinos, un combate cuerpo a cuerpo a nivel horizontal y su rendimiento, dejan mucho que desear o de plano ni se animan a saltar al campo de batalla. Lo sé porque a las mujeres les creo y miles de ellas lo confirman: todo lo guango es decepcionante.

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La rehabilitación de esos apéndices flácidos es algo complicada porque técnicamente están “funcionalmente extintos” (como los rinocerontes blancos). En palabras llanas, son pitos sin oficio ni beneficio excepto para excretar micciones posibles porque, debemos decirlo, hay micciones imposibles.
¿De verdad sirven esos polvos paquidérmicos para volver a las batallas cachondas? Pues no sé. En mi experiencia (que va de la damiana en estado puro y hasta cualquier derivado del sildenafil –vulgo, Viagra) lo único que a mí me funciona a estas alturas del partido, es el Cialis de larga duración (y en versión turbo de preferencia). Lo recomiendo ampliamente.
En efecto, son pastillas caras, pero algunos nos las merecemos… y también un tour por las llamas incombustibles del deseo en el mismísimo infierno de la pasión… esa que no se analiza, sino todo lo contrario: se obedece. ¡Quiero ser esclavo!
Pero bueno, dejemos ese escabroso tema de las erecciones imposibles o soñadas y pasemos a lo toral, lo que realmente importa porque entre los rinos blancos y la Vaquita Marina están dos de las preocupaciones más acuciantes en relación a los temas en donde poco puedo hacer.
¿Saben cuántas vaquitas marinas hay en este momento? ¿No saben? Pues se los digo: cuando mucho, seis. ¿Cómo le hacen esos mamíferos marinos para morirse tan rápido y sin dejar decendencia? La respuesta es sencilla: gracias a la rentabilidad económica de un pez llamado totoaba. Entre el cetáceo y ese pez hubo una feliz coincidencia milenaria, en un hábitat compartido y en el mismo código postal (la parte norte del Golfo de California).
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Les diré algo más: la totoaba y la vaquita se llevan bien, no molestan a nadie y, por si fuera poco, son especies endémicas de esa zona geográfica mexicana. Son como nuestros amados charales y pescados blancos de la zona lacustre michoacana. Este pez -la totoaba- se captura con unas redes que se llaman “agalleras” y agarran parejo con todo lo que capturan, les vale madres lo que se lleven y en ese “agarrar parejo”… van las vaquitas marinas que se enredan y mueren asfixiadas al no poder salir a la superficie para respirar.

Hoy sólo quedan seis de esos cetáceos lindísimos y, personalmente, no le veo futuro a ese animalito tan tierno (vean foto) por una cuestión, como dije antes, de rentabilidad económica. La vaquita sólo tiene una gracia: es adorable y todos quisieran tener una en casa, pero pues no se puede; la totoaba, en cambio, es valiosa bajo el único parámetro que la rifa hoy en día: su valor económico –como los cuernos de rinoceronte en polvo que ni sirven para levantar guerreros en retiro.
¿Cuánto se paga por una totoaba? Pues les diré: dependiendo del formato para su venta legal en México, un kilo de filetes de ese pez, empacado al vacío y listo para halagar a los paladares más exigentes de aztecas pudientes o narcos sobrados de cash, cuesta más de medio millón de pesos. Ese mismo kilo, en Asia anda por los 120 mil dólares.
La vida es caprichosa, veleidosa y –como dijo Juan Rulfo – “no es muy seria en sus cosas en sus cosas”, así pues, paso a contarles un momento estelar de mi vida (que, como todo momento estelar, no me percaté de él). Empiezo…
Hace unos pocos años (2021) rolábamos con la Jazzmine en mi moto por la zona donde viven las vaquitas marinas y llegamos a una playa bien bonita. En esa zona geográfica del norte de México todo es, afortunadamente, salvaje. No hay resorts, ni taxis por aplicación (ni taxis pues), ni Airbnb. Pura naturaleza salvaje sin aire acondicionado y espero así siga muchos años más.
La playa, les digo, era tan linda que ahí instalamos nuestro campamento. Lo malo era que el pueblo más cercano estaba como a veinte kilómetros y si queríamos comer, era cosa de irnos en la moto a ese pueblecillo y dejar el campamento a merced de quien quisiera llevarse lo que encontrara. “¿Qué hadremos?” –pensamos con cierta preocupación. El usufructuario de ese enorme predio ejidal era testigo de nuestras cavilaciones logísticas y se apiadó de nosotros ofreciéndose a prepararnos el desayuno, la comida y una frugal cena con “los que me encuentre por ahí”.
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Aceptamos sin dudarlo. Eso fue la mejor decisión porque, “lo que se encontraba por ahí” eran recompensas inauditas y “normalizadas” en su forma de vida. De repente aparecían unos camarones gigantes el mojo de ajo, luego unos mejillones choros (así se llaman) preparados con pimienta, jitomate y granos de maíz; de repente una langosta y otros productos del paraíso.
Una tarde lo vimos llegar con un pescado como de unos ochenta centímetros de largo que poco después se convirtió en un platillo equis, nada fuera de este mundo. Le preguntamos qué era esa cosa que degustábamos y nos dijo “es totoaba”. Nos lo dijo así, como si fueran carpas o tilapias. Yo no sabía el valor de ese pez –y el señor que nos lo sirvió tampoco – y nos lo comimos como si fuera un vulgar huachinango cocinado de la manera tradicional: freído en aceite sazonado con harto ajo, cebolla, cilantro y algo de pimienta con sus respectivos limones para escanciar sobre el pescado ya servido y una salsa bien picosa. Lo clásico pues, pero armonizado con tortillas hechas a mano y tres chelas per cápita para que amarrara bien la ingesta.
Nada qué ver con las recetas excelsas de Asia que consigna la inteligencia artificial de Google: el sashimi de totoaba con salmón o, si andan muy exigentes, un platillo estilo fusión con arroz meloso con su respectivo miso y suaves notas picante o, ya encarrerados o un pil pil japonés que es un filete sellado al carbón servido con una emulsión picante de jugos de pescado y aceite de oliva.
Pues nada de eso ocurrió esa tarde.
¿Hay una diferencia sustantiva entre una totoaba y un huachinango? Respuesta: no.

Así supe de la existencia de las totoabas y me pasó desapercibido. Todo ocurrió de manera natural, sin aspavientos. ¿Cuánto hubieran pagado en Hong Kong por ese platillo que nos despachamos en el Mar de Cortés? Pues no tengo idea. ¿Les parece bien unos 150 mil pesos?
Pero dejemos las frivolidades involuntarias. El tema central de este texto es otro y se refiere a la salvación de una especie. Seamos serios.
¿Quién ganará esta competencia por la supervivencia? Pues mientras haya totoabas, las totoabas ganarán, pero ¿y las vaquitas marinas? Pos sepa la bola. El tema de su extinción sólo parece importarle a Leonardo DiCaprio.
El tema de los rinos y de las vaquitas cotiza en el rango de lo intangible –aunque es más tangible de lo normal – pero ¿qué puedo hacer por su vida? Pues poco. Casi nada. Si acaso ser “abajofirmante” de algún manifiesto, pero hay otras especies en proceso de extinción que sí me preocupan cañón y espero poder hacer algo, no sólo ser un simplón “abajofirmante”.
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Por ejemplo, hablando de intangibles muy tangibles, está el sazón (o la sazón, ya ni sé) de los platillos que se van con la muerte de quien los manufacturaba. En mi caso, tengo una melancolía perenne por los chiles rellenos de atún, capeados en huevo y sumergidos en crema tatemada y doradita que sólo mi mamá generaba cuando andaba de buenas. Mi hermana, quien recientemente se murió, hizo intentos decorosos por mantener vivo ese sabor y estamos agradecidos con sus empeños, pero –lo que sea de cada quien – mi mami se llevó el secreto a la tumba.
Esa fue una comida que existió y dejó de ser con la muerte de su autora. Sólo nos dejó el recurso de la melancolía por su ausencia… pero desde hace varios años, mi interés ciudadano, intelectual y cotidiano radica en otra pregunta clave: ¿dónde carajos quedó el viejo arte de hacer pan que nos ofrecía obras de calidad a precio accesible y en todas partes? Estoy hablando de los cuernos, semitas, chilindrinas, condes, conchas, chorreadas u ojos de buey.
Hoy, para acceder al buen pan, hay que pagar precios altos en lugares como El Globo, Trico, Origo, Sanborns y sitios similares (de los cuales hay muchos, por fortuna). Todos tenemos una panadería que ofrece “pan como el de antes” y por mucho tiempo les creí, pero no. Por mucho que se empeñan, no sabe igual. Ese sabor se lo han apropiado panaderías como las mencionadas arriba.
Un “cuernito” –hoy conocido como croissant en México, y como “cruasán” en España – sólo sabe a “cuernito” en lugares de prestigio (o sea, Trico, El Globo y establecimientos equivalentes) porque no cualquiera sabe manipular la masa hojaldrada a base de agua, sal y mantequilla –muy diferente al hojaldre tradicional, el cual no lleva levadura. Hoy, los panaderos cada vez son más pichicatos con la mantequilla o usan margarina ¡sacrilegos! Resultado: el laminado ha perdido calidad y cada vez se parece más a un Kleenex: Igual de seco.
Pero ya basta. Debo terminar este escrito antes de que se convierta en una de mis entregas extensas que pocos leen. Iré, como las gallinas, al grano: ¿qué pedo con las mantecadas que hoy se conocen como muffins?

Pues pasa que todas las mantecadas (incluso las de Trico, Sanborns, El Globo y sitios de ese talante) saben a “pan de Zinapécuaro” y lo digo con el debido respeto porque ese pan, el de Zinapécuaro, sabía rete sabroso. Sobre cuando se le ponía encima la gorda nata láctea, un subproducto que sólo se gesta si se usa leche bronca, esa que se tiene que hervir antes de consumir. Si algo odiaba en mi infancia, es que mi mamá me encomendara la tarea de “cuidar la leche”.
¿Entre mis lectores hay quienes probaron esa delicia?
Las mantecadas (o muffins) están como las vaquitas marinas y los rinocerontes blancos: su eventual extinción debería preocupar a los gobiernos, ser un asunto de Estado.
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Muchos de ustedes no están conscientes de dos de los problemas más acuciantes que enfrentamos: todos los panes que para su elaboración requieren hojaldré están en diferentes niveles de degradación y, por otro lado, prácticamente ya no hay mantecadas que dejen los dedos sebositos y el paladar retozón con ese sabor de antaño que sólo las mantecadas de verdad ofrecían.
Cuando externé mi más reciente queja ante la falta de calidad de las mantecadas, una consumidora de clase premier me dijo: “ve al Wallmart de La Huerta, de repente hay mantecadas como las de antaño”.
Fui y no. No saben a mantecada, no están tan grasositas y saben a pan Bimbo. En este siglo XXI, entre el sabor de una concha y una mantecada ya no hay diferencia sustantiva y eso es una ofensa. Las nuevas generaciones nunca sabrán lo que es una mantecada “en sí y para sí” y no hay forma de una reivindicación revolucionaria porque quien no las probó… pues no las extraña.
Oh, my God! este escrito se puso de repente muy filosófico y yo me pongo rete nervioso en ese campo del saber porque lo mío lo mío es la anécdota, pero dicen que un tal George Steiner dijo una frase no para el mármol, sino (mejor, mucho mejor) para el feisbuc: “lo que no se nombra no existe”… ¡Uy, no lo hubiera dicho! De inmediato varios expertos con beca de maestría de alguna universidad o cenáculo universitario, graznaron que esa frase feliz nunca la dijo George y ya saben cómo se ponen los intelectuales con el copyright, pero tratándose de las mantecadas sebositas, esponjaditas y sabrosísimas, aplica perfectamente: si no te las topaste y las nombraste alguna vez en tu vida y tienes menos de cuarenta años, no puedes tener nostalgias al respecto.
Es como dice el Príncipe de la Canción post-socrático (José José): “Lo que no fue, no será” y ya todos lo sabemos: la nostalgia es la tristeza por el bien perdido, pero si no se experimentó ese bien (y las mantecadas lo eran) pues no hay forma de reivindicar ese bien. Por eso lanzo la pregunta: las cosas para SER ¿deben ser nombradas o probadas?
Dejo la pregunta para el debate… mientras tanto, las vaquitas marinas siguen tratando de escapar de las “redes agalleras”; la totoaba sigue subiendo de precio; los cuernos de rinoceronte no hacen que los penes guangos salgan de su letargo aguado y estacional (hay pirinolas que ya no sirven para nada, pues)… y las mantecadas ya no saben igual –o digan dónde sí.

Las mantecadas, como las vaquitas marinas y el rinoceronte blanco, van de salida.
¿Qué mundo dejaremos a nuestros hijos y nietos?
A ver, hállele.


