Hace unos días, una amiga me hizo el favor de leer la entrega sobre las amistades que se rompen, se distancian o se congelan. Algunos comentarios de los lectores le hicieron preguntarse (a mi amiga) si el número de opiniones –muy generoso, por cierto– eran la muestra palmaria de contar (yo) con amigos preocupados por la amistad duradera. Remata mi amiga: “Ojalá todos los que se pusieron el saco te hablen, te visiten, se preocupen por ti, y no dejen pasar la oportunidad de mostrarte en efecto sus afectos, porque eso de ser amiguis nomás a través de las redes…”.
Es interesante la reflexión. Me da una oportunidad para exponer algunas cosas sobre los amigos, los feisamigos, los lectores y cosillas así.
Soy usuario de varias redes sociales: Youtube, Whatsapp, Reddit y uso Facebook de manera intensiva. Me ocuparé, en esta entrega, del feisbuc. Va.
Para empezar, aquí les dejo mis principios y –como dice un marxiano– “si no les gustan, tengo otros”. Esa esa red social (el feisbuc) por un largo tiempo se consideró “la parte actuada, impostada” de su usuario. En esa lógica, todo lo que ahí se ponía era broma, no se relacionaba con el “dueño” de ese espacio: “todo en el feis es falso”, se decía.
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Hoy, lo sabemos, si alguien quiere saber cosas esenciales de la personalidad de tal o cual homínido, una buena opción aproximativa es revisar su feisbuc –o sus redes sociales en general. Nada nos refleja mejor que esas cosas. ¿Son el reino de lo falso? Mmh, no creo.
Las redes sociales se usan siguiendo unas normas de comportamiento y regulación mínimas; pero, en general, son el entorno para expresar lo que el “concesionario” de ese espacio desee difundir. Se puede hacer casi cuanto uno desee. Nadie obliga a nadie a leer el muro de otra persona. Es el “derecho de las audiencias” llevado a extremos difíciles de aplacar. Si no me gusta lo que pone Rodrigo en su muro… pues no lo leo y ya. ¿Será así de fácil? Tengo mis dudas. Las redes sociales son algo complicadísimo de reglamentar (aunque sea “por nuestro bien”) y es ahí donde se generan las tendencias tóxicas que tanto preocupan al gobierno y deberían preocuparnos a todos (pero no con una fiscalía controlada por el gobierno)… pero ya me desvié, carajo. Vuelvo al tema y, si me pierdo, me avisan.

Hay quienes tienen miles de amigos porque su actividad laboral se beneficia de miles de contactos para colocar sus productos o servicios; otros sólo porque les gusta dar a conocer detalles de su vida a quien quiera saber de andanzas ajenas. No tengo problemas con eso. Cada uno pierde o aprovecha su tiempo de la manera que más le plazca.
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En ese orden de comportamientos soberanos (¡ah, la soberanía!) mi feisbuc, como algunos sabrán, se usa para dar a conocer artículos, crónicas, relatos. Pretendo que sean una suerte de periodismo literario, una conversación con quienes me leen. Queda lejos de mi ánimo andar recomendando que otros hagan lo mismo con sus muros. No cuestiono a quienes ponen cosas personales, pero la política con mi perro (yo lo baño) y con mi feis es intransferible y contenida: no hay fotos mías, ni de mi familia, ni información sobre mi vida porque, para mí, eso es… pues privado ¿verdá? No felicito a nadie en su cumpleaños, ni por casarse, ni por lo chido de una reunión, ni anuncio eventos, ni su reciente viaje. Si algo amerita ser comunicado a otra persona, la llamo y se lo digo.
Esos, como se los dije hace rato, son “mis principios marxianos” y respeto los principios y prácticas de quienes hacen lo opuesto.
Lo mío es publicar textos de carácter público y éstos, para mi fortuna, han logrado conformar una comunidad de lectores. ¿Cuántas personas son esos seres generosos? A ver, veamos y sumemos… tal vez sean unas cincuenta personas quienes siguen mis escritos de manera regular.
Ahora bien, ¿cuántos feisamigos tengo en mi lista? Unos doscientos. En ese segmento están los “amigos químicamente puros”, probados, cultivados, solidarios a carta cabal… y no son más de cinco. ¿Y los 195 restantes? Pues son amigos en diferentes formas de afecto y diversa cercanía –ahí están varios de los cincuenta lectores que presumo sin modestia alguna.
Me gustaría que algunos “amigos en la vida real” me leyeran (¿a quién no?), pero contra mi anhelo, esos “amigos en la vida real” no están muy interesados en leer mis textos y, si acaso lo hacen, no me entero de ello. ¡Ay, voy por un Kleenex!

A cambio, ya les digo, en varias décadas de ocuparme en esto de la escribida, he logrado hacer realidad el milagro: una comunidad de lectores de mis textos. Creo haber logrado esa complicidad amistosa con esos pocos lectores a través de esta revista (Revés Online) y de mi feisbuc y más: son muchísimos los “productores de contenido” que lo hacen y disfrutan.
¿Hay algo más gratificante para un escribidor?
Pues para mí, con eso basta.
La vanidad de quienes le dedicamos tiempo a la escribidera y hacemos públicos nuestros delirios, es inconmensurable. Lo confieso sin orgullo ni vergüenza: en estos guisos, el talante de mi vanidad desbordada e inocultable es ser leído, caerle bien a las personas.
¿Qué puedo hacer para corresponder a la atención de quienes me leen? Pues entregarles textos documentados, bien redactados e inteligentes (o lo que entiendo por “inteligentes”, claro). Textos más extensos de lo normal porque creo en ese periodismo literario que aspira a la conversación con el lector. Tal como lo hacen revistas que me encanta leer como Jot Down, New Yorker, Letras Libres, Revista Anfibia, The Atlantic y otras que alegran la vida… y la complejizan.
¿Qué más hago por quienes me leen? Pues…. este… o sea… a cada lector que comenta algo sobre mis textos le contesto de manera personal porque esas personas distraen minutos de su vida para leer mis ocurrencias. ¿Cómo no agradecerlo?
El comentario de mi amiga (mencionado en el primer párrafo de esta entrega) me motivó a echarles este rollo agradecido. Cierto: la esencia de una amistad es la presencia. Se trata de acudir, cuando se puede, a donde se debe. Se trata de encuentros reales, cara a cara y no suplir esa experiencia con un whatsapp cariñoso.
Estar ahí es lo que cimenta. En eso estoy de acuerdo con Esperanza (así se llama mi amiga), pero la gramática de los afectos con quienes se forma ese otro tipo de comunidad (con los lectores) tiene como componentes la constancia y, sobre todo, ponernos atención –incluso sin conocernos en persona.
Lo menos que, como escribidores, podemos “hacer por la patria” y los lectores, es entregar textos que consigan interpelarlos, aludirlos. Buenas crónicas, buenos expedientes vegetales, recomendaciones de libros y especulaciones de toda laya.
Charlar pues. Así nomás.


