Fue en defensa propia.
Aunque ya hayan decidido matarme.
Denme un único consuelo: permítanme hablar.
***
Era lunes. Lavaba los platos. Como cualquier otro día. El detergente se había vuelto un bien escaso. Como los hombres.
Vinieron a por mi hijo. ¡Mi niño! Lo tuve con cuarenta y cinco años cuando mi marido, Julio, y yo pensábamos que no seríamos padres. Sé desde hace tiempo que los milagros duran poco.
Mi Enrique vino pronto. Aún lo recuerdo salir de mis entrañas como lluvia torrencial. El enfermero se lo llevó. Era demasiado pequeño para hacerlo todo solo. Respirar. Comer. Vivir.
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Para mí, será eternamente aquella carita redonda y pecosa que me mira con ojos deseantes a la altura de mi pecho. No le dio tiempo a sobrepasarme.
Ese día, el último en que lo vi, mientras lavaba la loza con aquel detergente verde y pastoso, mi Enrique hacía su rehabilitación. Como ejercicios espirituales los tomaba el pobrecito. Le habían prometido que, si se esforzaba, sus músculos se volverían fuertes y sus huesos no se romperían tanto.
A ese otro hombre que vino a llevárselo veinte años después no le importó que mi niño fuera frágil como una estalactita. Lo sacó de la casa a empujones. “Ha llegado su tiempo de que rinda servicio a la patria”. En aquellos años, todos entendíamos.
Se llevaron a un niño porque querían un soldado.
Ese otro hombre, también vestido de verde -verde de campo, guerra y sangre- solo me lo devolvió en una caja.
Blanca.
Pequeña.
Como había sido el cuerpo de mi Enrique cuando ya se lo daba por tan mayor como para entregárselo a la guerra.
Necesito agua. ¡Ahora! Para recuperar las lágrimas que se me llovieron aquel día.
El de su entierro.
No se equivoquen. No fueron de pena.
Eran de rabia.
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Porque me hicieron escucharlos. Mi hijo no había ganado una eternidad. Solo un puñado de tierra. No había héroes ni victoria posible para los que ya no teníamos nada.
Arranqué el trapajo que cubría el féretro de mi Enrique, lo tiré al suelo y lo pisoteé cien veces, mil veces.
Pues no hay honor en matar y morir.
***
Después, vinieron a por mí.
Nos tocaba el turno a nosotras. Las mujeres.
No importaron ni viejas ni tullidas.
Nos quedaba un cuerpo. Era suficiente.
La vecina se meó del susto cuando la arrastraron hasta aquella furgoneta. La infeliz creía que la desgracia le pasaría de largo. Hasta que un día… toc toc. De todas las cosas hechas por los hombres, la guerra es la única que no discrimina.
¡Pero ay! Esa perra no es como la pintan. No, señores. Porque, cuando llegamos, eran hermosos aquellos campos. Me hacían pensar en días de verano cuando las fresas endulzan los labios de rojo. Pero aulló la generala:
–¡Señoras, no respiren! ¡Tápense las bocas hasta que lleguemos a los barracones! – Aquello me lo dijo todo.
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Los llantos y las toses de las alucinadas no me dejaron dormir aquella noche. Por la mañana, el paso de nuestras botas gastadas por otros pies muertos que soñaron con sobrevivirnos sustituyó al canto de los gallos. Pues ya no había gallos para cantarlo.
En ciento veinte horas la generala tenía que convertirnos en soldadas. Un día con vida: ese era la ratio con la que nos medían. Usar una pistola era el primer aprendizaje. La artritis no me dejó. Aliviada, pensaba que aquellos señores de la guerra tendrían que mandarme a casa. Me equivocaba: ellos siempre encuentran buenas ocupaciones para la carne viva.
–La enviaremos a la cocina. Necesitamos mujeres que puedan sacar buenos caldos de unos pocos huesos. Eso también es servir a la patria – La generala se inflaba como un pavo relleno de orgullo. Quise cocinarla.
Removía a diario aquellas aguas sucias salpicadas por migas duras. Los huesos estaban tan masticados por otros dientes que se deshacían. Todavía no sé a qué animales habían pertenecido.
Las soldadas se apagaban como velitas sin combustible. Pues déjenme que les cuente mi mejor verdad. La guerra para mí siempre tendrá olor a mierda. No una mierda de esas metafóricas. No, no, señores. Una mierda bien blanda, verde y concreta: la que, sin fuerzas, cagaban a chorros esas mujeres a todas horas.
Cuando ya había perdido la cuenta de las mujeres, las comidas y los días, lo vi. Aquel matarratas como puesto por Dios. Resultó que, en instantes oscuros, iluminaba nuestra senda. No dudé en ser su mano ejecutora. Había más piedad en aquel acto que en todo lo que había visto en aquellos barracones.
Toditito lo tuve perfectamente calculado. ¿No dijeron en sus juicios que era tan fría como un puñal? Pues sí, señores, lo vi claritito: si no había mujeres, no habría soldados.
Por tanto, ya no más guerra.
Aquel día les serví la mejor de mis comidas. Las mujeres se acercaron sin ánima a los platos.
La sorpresa les golpeó en los ojos cuando degustaron el sabor desconocido. Señores, se lo diré a la cara: cuando se dieron cuenta de lo que pasaba, comieron con más gusto. No sobró ni una gota del caldo. Incluso hubo eructos, no se vayan a creer.
Escuché cómo la muerte las agarraba por las tripas. Se tambaleaban en las sillas. Caían al suelo. Por una vez, hicieron otra cosa que cagarse. Vomitaron.
Empecé a limpiar aquel estropicio para que murieran en un lugar decente. Pues yo no soy como ustedes.
***
Ahora aquí estamos. Frente a este paredón de fusilamiento. El día de mi muerte. Y me siento libre. Pienso en mi Enrique. Sé que no lo volveré a ver. Ni una foto me han dejado para sostenerla entre mis manos.
Hacerle eso a una madre… En fin, no esperaba nada mejor de ustedes.
Puede que hayan disparado. Entonces, esta vida que siento no es más que costumbre. Pero al menos les pude decir mi verdad: todo fue en defensa propia y al servicio de la patria. ¿Y ustedes? ¿Pueden decir lo mismo?



