Los trapos de cocina y el buen cuidado de la cola. Escucha la columna de Raúl Mejía:
El tema de hoy lo llevé a la sesión plenaria posterior a la ingesta sabatina del menudo. ¿Dónde se celebra esa sesión? En el café Expressa, en la entrada de La Comer (recuerden: La Comer sólo hay una y está en la plaza Morelia, allá por el Palacio del Arte). El tema pues, lo llevé a ese café y de una vez se los digo: sus infusiones son deliciosas y los dos croissants de cortesía hacen la diferencia.
El orden del día fue el siguiente: los trapos de cocina ¿se doblan o se dejan extendidos? El detergente para lavar trastes ¿es mejor en pasta o en gel? El correcto acomodo de los cubiertos luego de lavarlos y sus dilemas: ¿los cuchillos van con el filo hacia arriba o hacia abajo al someterlos al proceso de escurrimiento y secado? Finalmente, un asunto que ha provocado rupturas amorosas: ¿el papel de baño va con la punta en la parte superior o en la parte inferior?
En tiempos lejanos, los trapos de cocina no pasaban de ser eso: trapos viejos, camisetas agujereadas que se reciclaban como eso: trapos. Hoy no. Ese trapo esencial en todas las tarjas o fregadores del mundo ha evolucionado de manera asombrosa. Se creó la “industria de los trapos”. El único fin de “las telas Yes” fue ser trapos de cocina, pero lo interesante radica en las políticas de su uso, lo que Marx diría su “valor de uso” y los rituales que lo acompañan. Citando al Marx, sería “la cualidad del objeto que lo hace útil”.
Uno de los amiguitos en la sesión plenaria —conocido por ser un surtidor de decretos inapelables en materia musical y cinematográfica en su feis— excretó su esquema de uso de las telas limpiadoras. Estamos frente a en esteta de los trapos:
En mi hogar hay dos trapos básicos. Para atender la limpieza de la cocina requiero de esos dos trapos básicos: uno para limpiar la mesa, la tarja y otras superficies a la redonda, el cual, casi siempre lo mantengo mojado. Es el que pongo bien extendido en el borde de la tarja, con lo que sello el fin de las tareas del momento. El otro es una toalla mediana que tengo cerca para secarme las manos. Por una mera razón estética procuro que ambas sean de color morado o azul. Es imprescindible también tener a la mano servitoallas de papel para limpiar algunos trastes, sobre todo ollas, sartenes, vajilla y otros recipientes. Todo ello, a lo que se suma que la ventana de mi cocina da a la calle, me ofrece momentos de mucha reflexión y satisfacción personal.

En este rubro, mi política es cuantitativamente más amplia: tres trapos de diferente textura: uno para el uso rudo (tela Yes o cualquier producto similar) que se mantiene húmeda la mayor parte de la jornada laboral y sobre el tostador de pan; otro trapo “tipo franela” para limpiar el rastro húmedo que —invariablemente— deja la tela Yes en las superficies. Finalmente, una toallita para secar mis manitas luego de lavar trastes. Los dos últimos siempre deben estar colgados de las manijas de los espacios debajo de la tarja. Esas telas, sobre todo la Yes y la franela, deben hervirse, por higiene, luego de 72 horas de uso.
Otro amiguito, más conocido por sus post fotográficos feisbuqueros —que rivalizan con los títulos de esas fotos— fue más específico y, también ser un esteta en el rubro:
En relación a los trapos cocineros, soy muy metódico, pero no caigo en la exageración. Puedo intercalarlos, pero los básicos son la esponja con lija verde Scotch—Brite para lavar trastes y anexos. Esta marca garantiza, en cualquiera de sus productos, una eficacia y durabilidad extremas.
Siempre tengo una esponja multiusos de la misma marca. Vienen en tres colores. El amarillo es precioso, ideal para limpiar superficies y el salpicadero cotidiano en las áreas de trabajo. Este objeto se queda junto a la tarja día y noche.
No puedo prescindir de una toallita de tela verde para lo que se ofrezca. Ahí seco las copas de vino y las pongo boca abajo. Lo mismo con una toalla mediana azul clarito para secar manos que se cuelga de la puerta de la estufa o anda por ahí siempre atenta.

En relación al jabón para lavar los trastes, los mexicanos hemos pasado, del antiquísimo método de poner en un traste viejo un poco de detergente Roma con agua y un estropajo de fibras naturales, a otros formatos de lavado: desde los recipientes de Ajax sólido al gel, pasando por los dispensadores de jabón sobre una esponja. Este método me parece muy mamón, pero conozco dos sujetas (mujeres pues) que lo usan.
Personalmente y desde hace unos tres meses me decanté por el gel. Es menos agresivo con mis manos. Por años y más años le fui fiel al jabón de pasta sólida. Mis manos han agradecido el cambio.
El tema de los cuchillos (sobre todo los cuchillos) es nodal, axial y puntual. Cuando se acomodan para que escurran ¿van con el filo hacia arriba o hacia abajo? Para mí, hacia arriba, pero cuando fui encargado de un snack bar en Marina del Rey, una pequeña ciudad cercana a Los Ángeles (en USA) recibí tremenda reprimenda por ponerlos con el filo hacia abajo. Fue una estudiante de la UCLA, gringa y pecosa (mi ayudante) quien fue con el chisme con el gerente de ese club de yates en donde trabajaba los fines de semana.
El jefe llegó con la cara descompuesta cuando lo supo y me lanzó una homilía en donde la seguridad y observancia de las normas sanitarias era el tema central. “Si una autoridad de salud nos hace una inspección nos multarán”, me dijo y yo obedecí, pero en mi casa mando yo y los cubiertos van con el filo hacia arriba. Punto. ¿Cómo voy a saber si eso que se asoma es una cuchara sopera o una cafetera?
Los temas caseros son inagotables. En relación a los trapeadores mi conservadurismo duró mucho tiempo. Para mí, los trapeadores conocidos como “mechudos” la rifaron bien machín en casa hasta que una mujer amada me dijo que usar mechudos era de pésima educación. Yo la amaba con demencial raciocinio y acepté mudar mi actividad trapeadora del amado mechudo a una versión minimalista de esa misma herramienta. ¿Se acuerdan? Son de la marca Yes. Pequeñitos, amarillos y sin chiste, pero con una capacidad de absorción casi infinita, unos niveles de productividad alemana digna de respeto y lo mejor: nunca se percuden, siempre están amarillos.
Mi amada mujer terminó aburriéndose de mí (siempre me pasa eso) y me abandonó, pero yo seguí honrando su memoria a través de los trapeadores minimalistas… hasta que llegó a mi cotidianidad Rosario, el mejor fichaje de mi vida en relación con el aseo de la casa (ya les ha hablado de ella en estas entregas). Cuando vio mis trapeadores chiquilines me dijo “si usted lo autoriza, don Raúl, yo podría ir a Soriana por otros trapeadores ahora mismo”.
NOTA: ¿por qué hablo en plural? Porque en mi hogar hay dos trapeadores: uno para la planta alta y otro para la planta baja. Nunca se mezcla el trapeado superior con el inferior. También hay dos escobas y dos recogedores. En mi casa todo se separa…. hasta la basura. A ver, hállenle.
Autoricé a Rosario la compra de nuevos enseres de limpieza profunda y llegó feliz con dos trapeadores de microfibra. ¿Microfibra? Jamás había escuchado eso. ¿Acaso eran como las franelas para limpiar lentes y pantallas de computadora?
Tomé uno de ellos. Lo observé con el interés que un entomólogo le dispensa a una cucaracha del género Gromphadorhina (un bicho muy raro y feo) y acepté el cambio. La decisión tuvo un efecto colateral: fue una forma perfecta de librarme de la memorabilia de la mujer amada.
¿Qué tan obsesivo se puede llegar a ser?
Yo puedo rayar en lo exótico, sobre todo si se trata del papel sanitario.
No sólo soy usuario de un papel higiénico de alta gama, sino ferviente observador de la manera en que cada hogar coloca el rollo en el dispensador.

Partamos NO de una hipótesis, sino de un axioma: el cuidado de la cola es esencial. En mi infancia, esa parte pudenda se limpiaba con trozos de papel periódico. El peor uso de la prensa escrita fue ese y era una experiencia ruda. Fue necesaria una positiva mutación socioeconómica en la familia Mejía/García, allá por el año 1970, cuando dejamos de ser “pobres pero honrados” para convertimos en simples clasemedieros aspiracionistas.
Apenas probamos el papel Regio, nuestros usos, tradiciones y costumbres cambiaron para bien, pero hubo uno de los miembros de esa familia que se lanzó a nuevos horizontes en relación a la cola y su esmerado cuidado.
En efecto, como gambusino de utensilios para el buen trato de esa zona pudenda y objeto de sonrojos, pasé por diferentes marcas hasta toparme con una joya de lo que hoy se conoce, en el mundo occidental, como la “ciencia histórico—escatológica de los anales”.
Así es amigos y amigas. Hoy no cambio mi papel sanitario Charmin (sin acento) por ninguno, pero hay homínidos más sophisticated. Me refiero a los usuarios de un papel chino de altísima gama. Me refiero a la marca Buen Rollo. Sólo para colas de alto pedorraje.
Si de verdad ama su coliflor como anda pregonando, deje de usar lijas. Quiérase un poco. El Charmin es caro (e importado)… pero algunas colas fresas y fifís, lo ameritan.
Finalmente abordamos el tema central en la sesión plenaria: ¿cómo se coloca el rollo en el expendedor ubicado a un lado de la taza del WC? ¿La entrega del trozo limpiador se ofrece desde la parte superior del rollo o desde la parte inferior? El tema ha desvelado a los científicos de la ergonomía escatológica y no se ponen de acuerdo. Para algunos (me cuento en esa secta) va hacia arriba. Ponerlo abajo va contra natura pues.
Cuando me aposento en excusados ajenos (cosa que procuro evitar siempre que puedo) y me percato que la entrega del papel es por la parte inferior, de inmediato lo pongo hacia arriba. No me importa que no sea mi casa ni mi jurisdicción. Lo cambio a su posición correcta. Eso me ha creado conflictos con dos o tres familias hospitalarias. Suelo olvidar que la soberanía se respeta… y en el rubro de la soberanía, los mexicanos somos muy celosos, aunque nos la violen cotidianamente.
El fotógrafo, de quien les hablé más arriba, es contundente en este tema de la disposición del papel:
La punta del rollo de papel sanitario, indispensable para todo, siempre va hacia arriba. Hay que echarlo a andar antes de colocarlo y que gire sin problema, dos cuadritos a la vista generan disposición; que sea de buen espesor y siempre uno nuevo a la vista para tranquilizar al usuario en ciertas situaciones incómodas, angustiantes, extremas.
En otra ocasión les echaré un rollo sobre las cocinas. Las cocinas de cada uno pues. Un tema polémico. En la plenaria mencionada, uno de los participantes reconoció que él puede dejar los trastes sucios hasta tres días y ni se inmuta. Eso, amigos y amigas, es absolutamente imposible en las normas de mi hogar.
¿Qué tan celosos de la limpieza son ustedes, lectores, sobre todo en baños y cocinas?
¿Cada cuánto tiempo cambian las sábanas? Sean honestos. Hay hogares en donde los ácaros son del tamaño de una mosca por falta de sol en las camas, pero sobre todo porque el colchón lleva dos generaciones de uso y cambian las sábanas cada semestre. El tema de los colchones y las almohadas (¡ay, las almohadas!) también es muy interesante
Tendrán noticias.

