Nunca fui muy aficionado a ir al cine. Me parece un espectáculo muy caro y no lo puedo abordar sin una tanda de chetos con queso doble, jitomate, cebolla, una Pepsi de máquina (lo peor en el rubro de las gaseosas). En este caso, el caldo y las albóndigas salen igual de caras.
La mayor parte de las ocasiones que voy a las salas de Cinépolis es por invitación de mi amiga Diana Mancilla (a quien de cariño le digo DC). Ella es una mujer sui géneris. De ese tipo de personas que sin mediar palabra o pretexto (sino el puro gusto de ver a la otra persona) un día me manda un whatsapp “¿dónde andas?, ¿te gustaría ir a comer?”, y pues como uno tiene la costumbre de comer coincide con su idea y terminamos en algún restaurante.
También ama ir al cine y pasa igual: me manda un mensaje directo, al grano, del tipo “¿Ya viste Perfect days la que dirige Win Wenders?” Obvio, no la había visto y salimos nimbados de felicidad de la función. Lo mismo nos pasó con Amores materialistas, para que vean que nuestros gustos son eclécticos.
¿Cuántas veces al año voy al cine? Creo unas tres.
¿Dónde andas DC?
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Creo este año no he ido ni una vez.
Pero se cruzó la multicitada, admirada y criticada peli de un tal Nolan –de quien he visto una que se llama Interestelar y otra llamada Openheimer… muy buenas– y las ganas de ir al cine volvieron. ¿Ustedes creen que DC me llamó para ir a verla?
No.
Mi conocimiento de La odisea, la de Homero, data de hace décadas y es la que un jovenzuelo podía procurarse a través de versiones ilustradas al estilo que popularizó Rius (aunque no creo que ese señor se haya ocupado

de los griegos en sus libritos). Algunos de esos textos tan aleccionadores de Rius eran cosas como estas y les darán una idea de sus intereses didácticos: Cuba para principiantes, Marx para principiantes, La joven Alemania, Filosofía para principiantes, La trukulenta historia del kapitalismo.
Obvio, esas lecturas me inocularon el virus del comunismo y sus maravillosas puestas en escena. Y obvio me convertí en un comunista bajo en calorías; también del Ché, la revolución cubana y de la Alemania oriental, la comunista. La otra, la occidental, era un espacio infestado de pestilentes capitalistas… hasta la fecha, aunque nadie quiere que la versión oriental asome las narices ni en sueños.
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Pero estamos con La odisea.
¿Acaso nunca intenté leer la versión completa?
Juro que lo intenté sin éxito. Me acuerdo de las primeras líneas… en realidad no me acuerdo, pero las obtuve de Google: “Háblame, Musa, del hombre de múltiples tretas que por muy largo tiempo anduvo errante, tras haber arrasado la sagrada ciudad de Troya”, pero de eso a avanzar más de cien páginas, les juro que no ocurrió. Nada me costaría andar de presumido, pero no. Cien páginas y ya. Supe que Ulises estaba atrapado en una isla por una ninfa llamada Calipso y se la pasaba tristeando por volver a su hogar. Supe que la canción de Serrat (“Penélope”) se refería a la esposa de Ulises y bueno, a fin de cuentas, supe que me sabía varios pasajes de ese poema de autor desconocido pero atribuido al tal Homero, a quien me encontré, años después, en un cuento de Borges deambulando por ahí en calidad de troglodita (quienes eran, en la práctica, los inmortales) y ya hasta había olvidado cualquier forma de lenguaje… a menos que sus balbuceos se consideren una forma rudimentaria de lenguaje, claro. También supe de ese poeta por artículos, por referencias de amigos y por videos de YouTube.
Mi última incursión propedéutica al tema homérico es reciente (una semana). Se la debo a Nicolás Alvarado en su podcast llamado “La pinche complejidad” y ese programa me abrumó. Ese tipo (y su invitada, Aurora Cano) saben un chorro de cosas sobre La odisea y cualquier tema relacionado con la Grecia clásica. Fue cuando me dije “iré a ver la peli aunque sea solo”.
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El podcast partía de una pregunta sencilla e inefable: ¿La odisea de Nolan es una obra maestra o es una peli palomera? Las opiniones, según Nico Alvarado, se dividieron en un salomónico empate y aquello se puso de lo más heavy: que cinematográficamente es excelente, que no hay bronca si es una adaptación porque, a fin de cuentas, los hechos narrados por Homero ocurrieron unos cuatrocientos años antes de que ese bardo fuese concebido y, en estricto sentido, ese chico (en caso de haber sido él el autor) hizo lo mismo que hizo Nolan: adaptar una historia; luego que si la cinta era “woke” o no, pero que Helena en la peli fuera negra sí sacaba de onda y que no somos capaces de hacer una historia cinematográfica sin caer en el melodrama y que los productores gringos (y de paso los británicos) sólo aceptaron financiar la peli (casi 300 millones de dólares) si ésta tenía el formato de ese género dramático… del melodrama y, finalmente, que se traicionó a la Grecia toda -pero no a la actual sino a la otra.
Para aderezar el platillo, escuché a los expertísimos en el tema a nivel municipal y nacional lamentando la maltratada infligida a una obra maestra, perenne, reverenciada… que poquísimos han leído.
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Terminé haciéndole caso a un sabihondo del tema y amigo mío: Roberto Sánchez, quien, con un vaso de whisky Macallan 15, la mirada puesta en lontananza desde el balcón del departamento de mi hermano Fer y la luminosa vista de Morelia frente a él, me dijo, mientras le daba un sorbo al caldo escocés, que me la recomendaba sin ambages.
Luego un par de amiguitos normales (Vicente y Carmen) hicieron lo mismo: “nosotros estamos listos para ir a verla otra vez, ¿te apuntas?”, y me apunté, pero hasta la fecha no hemos ido. En suma, todos los candidatos a verla ya la vieron y no me queda otra que verla yo solo, atascarme de chetos y terminar en una taquería con un kit básico de tres tacos de tripa, uno de suadero y un Omeprazol.
Va un abrazo hasta donde se encuentre Diana, la estupenda e imprevisible Diana Mancilla.
Ustedes, lectores amigos, ¿ya la vieron?