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Home»Columnas»¿Qué roba un ladrón de ideas?
Columnas

¿Qué roba un ladrón de ideas?

Valdo ArcigaBy Valdo Arciga12 julio, 2026Updated:12 julio, 2026No hay comentarios10 Mins Read
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Ideas
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Escucha aquí la columna:

https://revesonline.com/wp-content/uploads/2026/07/Plagio-1.mp3

Todo lo que no es tradición es plagio

Eugenio d´Ors

El plagio es uno de los crímenes más atroces para un autor, tanto por sus consecuencias legales como simbólicas. Aquella persona acusada de este pecado el resto de su vida encontrará barreras laborales en ámbitos académicos y artísticos. Cuando se descubra el crimen su carrera morirá y será enterrada en un cementerio de rumores y odio, sin importar cuántos argumentos en su defensa puedan formularse.

Las leyes en materia de derechos de autor suelen castigar duramente a los infractores. Pero esto no fue siempre así, comparado con la historia de las civilizaciones, la aceptación del plagio como falta moral es relativamente nueva.

Ignacio Manuel Altamirano afirmaba que el concepto de plagio llegó a América con los conquistadores, sin embargo, él no se refería al robo de ideas para hacerlas pasar como suyas, de ser así se hubiera conservado un acervo cultural mucho más amplio de las civilizaciones mesoamericanas. En realidad, Altamirano hablaba del secuestro de personas, el cual sí era distintivo de los militares y usurpadores barbados de esa época.

Localizar el origen del término podría parecer sencillo, sobre todo si se asume una investigación nominal. Esas que suelen tener éxito en universidades y entre prescriptivistas de la lengua pero que con dificultad alcanzan a la realidad contemporánea.

Plagiar, dice el diccionario de la RAE, deriva del latín “plagiare”, cuyo significado es “robar esclavos”. No debe asombrar esa interpretación romana para el plagio, por lo menos no si recordamos que el Imperio Romano se alimentó, en gran medida, de la también esclavista cultura griega. Roma plagió para entender el plagio. Sin embargo, en la civilización de los filósofos del mediterráneo sí es posible encontrar algunas nociones de propiedad y autoría, aunque no muchas.

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Se sabe, por ejemplo, que en el siglo VII antes de nuestra era la legislación griega reconocía la protección de hasta un año sobre las recetas de cocina. En ambos casos, las recetas y los esclavos, se definía la propiedad sobre aquello materialmente útil. Un esclavo, aunque no se pensara de esa forma, era un ser humano tangible, mientras la receta era un instructivo para la elaboración de un objeto consumible. No parecía interesarles registrar las historias ni la filosofía: si no dejaba huella física, ese secuestro no podía aplicarse a los escritos literarios.

Ideas

La neurosis por combatir la apropiación de las ideas e historias —digo neurosis en el término menos médico posible— y castigar a quienes las replicaban sin permiso surgiría también en el Imperio Romano.

El primer registro de una pelea por defender la autoría involucra a Marco Valerio Marcial, el poeta romano habilidoso en la creación de epigramas. Marcial se dio cuenta de que algunos ciudadanos romanos replicaban sus obras de memoria, y en lugar de sentirse halagado, exigió detenerlos y hasta instó a los escuchas a recriminarle al secuestrador por apoderarse de las obras. Pidió que gritaran “esas letras han sido liberadas” hasta provocar la vergüenza del plagiador.

Parecía que Marcial repudiaba a los infractores, no por malvados, sino por imbéciles —esto sí lo escribo en los términos más médicos posibles—. En apariencia, los ladrones de letras no entendían las consecuencias reales del hecho. El poeta comparaba este robo con comprar dientes de marfil y pensar que por eso le crece a uno la dentadura, o con adquirir una peluca y presumirla como cabello natural.

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Pero Marcial se enfocaba más en el título de poeta y no en la poesía misma. Es cierto: un autor que plagia la obra de otro autor, la hace pasar como suya y se hace llamar escritor es ingenuo, pero lo es tanto como quien escribe un epigrama nacido en una sesión de baño, como resultado de toda una vida de asimilación cultural, y por ello se considera dueño de una idea.

Aparentemente en la Edad Media, en Europa, se tenía una solución para evitar el plagio: abolir la propiedad. En esa época, respecto del arte, nada era de nadie y todo era de Dios. Los artesanos no firmaban sus obras, porque su trabajo no era crear, sino imitar. Copiar a la vida y a la naturaleza, y agregarle los detalles suficientes para glorificar a Dios. Fue hasta el Renacimiento que los artistas empezaron a firmar sus creaciones para distinguirse de otros artesanos, y de paso, ganar más clientes.

La voz propia de los autores se institucionalizó. Si hoy vemos un Picasso o un Monet es gracias a que en un principio se vio un Rafael o un Davinci. Esa firma al pie de la obra provocó dos rasgos evolutivos en sus creadores: dejaron de llamarse artesanos para convertirse en artistas, y dejaron de reproducirse mediante el sexo para hacerlo a través del nacimiento de una obra de arte. Así como un padre o una madre trae al mundo a un bebé sin que este lo pida, el artista materializa una idea y la aprisiona en un cuerpo tangible contra su voluntad. El arte de una persona es el hijo de un humano. Por eso, el robo de una obra, aun cuando no deja huella material, es un secuestro. El término plagio es, hasta ahora, el más adecuado para describir el crimen.

La sociedad ha tomado muy en serio esa conducta criminal, tanto que las tecnologías modernas en materia de lingüística forense permiten detectar el plagio casi en segundos, pero, de manera paradójica, el criterio para medir la calidad del autor es el mismo con el que se mide al ladrón: la creatividad.

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José Miguel Ceballos de la Universidad Piloto de Colombia distinguió esa peculiaridad del ladrón en su cartilla Plagiar Desvirtúa la Imagen. En ella dice que se han desarrollado dos tipos de plagio: el simple y el inteligente.

El plagio simple podría ser comparable con un ladrón en la calle, quien a mano armada sustrae las pertenencias del transeúnte. Lo asalta en un momento de descuido y se apodera de sus bienes. La cultura de copiar y pegar sería, de acuerdo con Ceballos, la forma más habitual de este crimen en un terreno digital.

Por otro lado, en el plagio inteligente el criminal se esfuerza en cambiar palabras, oraciones y algunas estructuras narrativas a fin de disimular el robo. Es decir, el plagio inteligente tiene el disfraz de un defraudador, un ladrón de cuello blanco que a través de triquiñuelas y manipulación logra consumar el acto ilegal.

Esta división implica que los objetivos de los dos tipos de plagio deben ser distintos: el plagio simple busca robar información, tal vez con motivos económicos. En el plagio simple se persigue la posesión del texto en sí. ¿El plagio inteligente también persigue información? No. En este último el objetivo real es extraer ideas, no importa cómo se manifiestan en el papel, lo verdaderamente valioso es la esencia de la reflexión de otra persona.

Me es difícil concebir al supuesto plagio inteligente como un crimen. Si bien, como dije antes, un autor aprisiona contra su voluntad a una idea para traerla al mundo de los mortales, pero no es capaz, y nadie lo ha sido, de capturarla por completo. Las ideas no pueden aprisionarse del todo, solo es posible, por limitaciones humanas, capturar una extremidad de ellas, un hecho comparable con cuatro cirqueros encadenando cada uno la pata de un elefante y presentándose a su vez como los únicos dueños del espécimen.

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El elefante no sabe que tiene cuatro dueños, y los cirqueros tampoco están enterados. Un caso similar ocurrió con Alfred Wallace cuando escribió su hipótesis sobre la evolución de las especies luego de observar orangutanes en el archipiélago malayo, al tiempo que Charles Darwin estructuraba una teoría al respecto del mismo tema en las Islas Galápagos. Este caso muestra que los gemelos pueden nacer en lugares distintos aun si sus padres no se conocen. Ambas teorías no son complementarias una de la otra, sino idénticas en el fondo. ¿Quién es aquí el ladrón?

Si se reconoce la motivación del plagio en la deshonestidad, en la clara intención de robar y no reconocer el esfuerzo intelectual del autor original, determinar quién merece ser recordado como ladrón de ideas sería fácil. Bastaría con mirar registros de propiedad intelectual y comprobar que el producto estuvo en manos del segundo que se asume como autor, o bien explicar que la obra fue un producto tan ampliamente reconocido que ningún leguleyo pueda defender al infractor alegando ignorancia de la obra.

Sin embargo, cuando se presentan casos como el de los dos naturalistas, determinar quién cometió el plagio no es ya una cuestión de justicia fría, sino un arbitraje. En su caso fue la narrativa histórica la encargada de reconocer a Darwin como el indiscutible creador de la teoría evolutiva, al menos en la cultura popular, como si no hubiera otras teorías con conclusiones similares en el mundo.

En otras ocasiones la autoridad es menos abstracta. Se trata de una persona defendiendo su posición simbólica ante un tribunal de fantasmas. Quizá el caso más recordado sea el de Newton y Leibniz. Ambos crearon el cálculo en trabajos diferentes, pero cuando surgió la polémica del posible plagio los dos defendieron sus métodos para llegar a una ciencia necesaria. Aun así, en el siglo XVIII la Royal Society, de la que Newton era miembro y Leibniz no, decidió nombrar a Isaac como el creador original.

El paralelismo mexicano incluye a tres personas: Octavio Paz, Samuel Ramos y Rubén Salazar Mallén. Todos ellos escribieron sobre la cultura mexicana citadina de la segunda mitad del siglo XX. Tan parecidos en su esencia, pero distintos en tratamientos, cada uno tomó un papel diferente ante insinuaciones de plagio.

Octavio Paz fue el cirquero que se presentó como dueño del elefante, y como era propietario del circo más grande, nadie lo dudó. El laberinto de la Soledad se convirtió en la obra fundamental para describir la cultura mexicana. Salazar Mallén defendió su posición como creador original de la idea que versa sobre “el complejo de la Malinche”, y tal vez lo fuera, el mismo Samuel Ramos así lo reconocía, pero su actitud combativa terminó enterrándolo en el cementerio del anonimato donde solo unos cuantos herejes lo visitan de vez en cuando. Samuel Ramos optó por el silencio como salvavidas, y pasó a la historia como un filósofo con “ideas similares” a las de Octavio Paz.

Sin embargo, por más que todo concepto moral que he cultivado me sesgue la visión y me incite a estructurar argumentos forzados contra Octavio Paz, no me es posible hacerlo porque este último ejemplo no se trata de un caso fáctico de plagio, a pesar de que él mismo afirmara no estar en contra del plagio siempre y cuando la víctima haya desaparecido. Octavio Paz reflexionó sobre lo que otros reflexionaron ¿acaso no es así como funciona la filosofía?[1]

Retando a los poetas surrealistas, escribir tiene más similitudes con comer que con soñar. Un escritor, después de alimentarse hasta la saciedad de todo lo que la cultura tiene para ofrecer, el festín sigue pareciendo tan irresistible que termina por vomitar palabras. Las ideas no son únicas, y por más que lo desee no puede fungir como cazador de ideas, no puede caminar con una red esperando que estas permanezcan dentro y lleguen íntegras al papel; en realidad el escritor es una suerte de fotógrafo, uno que intenta capturar lo que sus limitados sentidos le permiten en un lapso inmediato, con el único propósito de rescatar un momento efímero de creatividad.

[1] Sobre el tema, Alberto Chimal rescata un artículo de la revista Proceso del 6 de noviembre de 2006, en la que supuestamente Octavio Paz afirma “De paso, no estoy en contra del plagio cuando la víctima desaparece. Ya se sabe que el león se alimenta de corderos”.

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Valdo Arciga
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Valdo Arciga nació en Morelia hace veintiún años. Actualmente es Pasante Jurista y estudiante de en la Facultad de Letras en la Universidad Michoacana. Participó con el poema Lugares Comunes en el Festival de las Orquídeas 2017, así como en la antología Sí Señor También Tenemos Plátanos y en las revistas literarias Revés Online y Contractopía.

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