Iré, como las gallinas, al grano.
Esta entrega va de una mujer cuya gestión administrativa editorial me permitió años de gratísimas lecturas a través de una revista que le dio cabida a los textos largos en un momento en que todo lo que fuera de más de una página era el equivalente a leer La guerra y la paz por obligación. Le llamaban “periodismo lento”. ¿Alguien, entre los lectores de mis ocurrencias tiene en la mente al bien reputado long form journalism? Hablo de esa fórmula periodística que ha maridado felizmente al reportaje de calidad con la profundidad del ensayo y con muchas páginas –al menos “muchas páginas” para los estándares actuales.
Esta práctica del “periodismo de formato largo” es el que iniciaron, entre los sesenta y setenta del siglo pasado, sujetos como Tom Wolfe, Truman Capote y Gay Talesse, nombres que salen en cualquier referencia al “nuevo periodismo”. Sus profiles en revistas como New Yorker, Esquire y otras son memorables… pero no abundaré en esos chicos.
En esta entrega abordaré el caso de una revista en papel que cada mes se convertía en una estancia de lectura en donde quienes gustamos de las lecturas morosas, extensas y sustanciosas podemos, aun hoy, quedarnos el tiempo que sea necesario y poner atención a sus páginas sin pizca de aburrimiento. Me refiero a esas publicaciones para el consumo reposado del que habla José María Albalad en “Periodismo lento y multimedia: de The Atavist a Creatavist, un modelo referente” –si les interesa les pasó el link, es un ensayo de verdad significativo. Ideal para quienes están a cargo de medios de comunicación (y más en Morelia).
Ese tipo de estancias lectoras son, hasta hoy y las proporciones guardadas, revistas como New Yorker, Letras Libres, Revista de Libros, Revista Anfibia, Nexos, Gatopardo, The Atlantic, The Atavist Magazine, The Oxford American… ¿se han dado una vuelta por el diario inglés The Guardian? ¡Uta! Tiene unas secciones de poquísima su madre.
Pues eso es la revista española Jot Down. ¿Quién la dio a conocer a los lectores en el año 2011? La “culpable” de ese acto bienhechor respondía al nombre de Mar de Marchis… ¿y quién era esa mujer?
Pues aquí empieza el problema, amigos míos porque… este… ¿cómo les diré? La mera verdad prácticamente nadie la conoció personalmente, aunque todos sabían el rol que jugaba en la revista (directora). Algunos juran haber hablado algunas veces con ella por teléfono; otros sí hablaban regularmente con la señora… y eventualmente hasta fotos suyas recibían. Esas imágenes –que suponían eran de Mar de Marchis– los hacían entrar en embelesos sicalípticos ruborizantes para las buenas conciencias y otros hasta se enamoraron de ella… o de quien se imaginaban que era ella.
Ocuparme en esta entrega de esa señora y esa revista sólo tiene una motivación: me encanta la publicación desde el día en que la tuve en mis manitas por primera vez.

¿Cómo me topé con Jot Down?
Fue así: hace diez años una amiga me invitó, con carácter de inapelable, a fungir como testigo oficial de su boda en una linda ciudad medieval. Antes de treparme al avión para cumplir, muy feliz, el compromiso, me pregunté si alguien querría acompañarme por aquellos lugares y pensé en una amiga, la llamé y le dije “vamos a la boda y luego nos damos una paseada por allá”. Aceptó.
Esa “paseada” la hicimos de manera aprovechando el viaje de bodas de la feliz pareja desposada. Fue una cuestión descaradamente crematística, de conveniencia mutua: hicimos cuentas y en lugar de irnos cada quien por su lado, unimos economías, rentamos un auto y así, en banda, nos fuimos a rolar por ahí las dos parejitas: una formada por los recién casados Jazzmine Aburto y Sylvain Provillard que no dejaban de mirarse arrobados; la otra, la formada por mí y la zarina Anna Popovich.
En alguna parte del periplo (no recuerdo dónde) le pedí a Sylvain que parase para comprar cigarros y ahí, en un pequeño local, vi un ejemplar de El País con al menos quince días en el estante y un ejemplar de una revista. Era Jot Down. El empleado me dijo que se vendían juntos (revista y periódico) y los compré. ¿Cómo estaba ahí un periódico en español y esa revista con una mujer pelona en la portada? Ni idea.
Cuando volví al auto para seguir el periplo me clavé bien machín en la lectura y por un buen par de horas dejé de prestar atención al paisaje y a mis amiguitos. Era el ejemplar del 13 de octubre de 2016. En la portada aparecía Sinéad O´Connor en su versión pelona. Me encantó la revista, se los juro. Jamás chequé el organigrama de la publicación (¿quién lo hace?) pero en ese momento la directora/editora era quien hoy ocupa mi atención –y espero que la suya, lectores, también: Mar de Marchis, de quien no sabía absolutamente nada… hasta hace unas semanas, cuando apareció un libro de Javier Verdú en Alfaguara: La bola. Así se llama esa especie de “biografía testimoniada” de la misteriosa mujer atrás de la revista. Lo que la contratapa de La bola anunciaba me interesó como sólo suelen interesarme los chismes de la farándula local e internacional o la realeza europea. Obvio, compré el libro. Lo leí en cinco días y lo disfruté mucho.
¿Quién era Mar de Marchis?
De eso se ocupa de manera harto amena Javier Verdú en una especie de “biografía de oídas” (también eso puede ser su libro) que ha causado revuelo en el ambiente intelectual/periodístico de España, en donde, como era de esperarse, unos dicen que lo expuesto por el autor es inexacto o franca mentira porque, como también suele ocurrir, “a verdad verdadera” siempre la tienen quienes nunca la dijeron… pero en cuanto alguien grazna algo sobre algún acontecimiento del cual esas personas son celosas guardianas, de inmediato se sienten con la obligación de aclarar, acotar o regañar a quien intenta resolver un misterio a través las herramientas que tiene a la mano, en este caso, la literatura. ¿Se puede? Pues sí, pero si La Verdad quiere seguir inaccesible… pues que siga inaccesible.

He leído varias opiniones y críticas públicas de lo que Daniel Verdú expone, especula, sugiere en su libro sobre Mar de Marchis y Jot Down, pero les diré algo: me quedo con la versión del autor de La bola porque no esconde sus cartas: su libro es una aproximación a la verdad. No es un documento histórico como prescribe la academia. No es hagiografía. Es lo que varios expertos en la materia (Vargas Llosa por ejemplo) llaman “la verdad de las mentiras” y Daniel lo deja claro a cada rato… y también con la gran cantidad de epígrafes al respecto.
Una mujer –Mar de Marchis– a quien, les reitero, pocos conocieron en persona y sólo otros pocos trataron con ella por teléfono, feisbuc y Twitter… hasta que se descubrió su identidad porque (¡ay, qué cosas!) los misterios, al final, tienden a develarse.
Una mujer capaz de contactar y hacer alianzas con lo más selecto del periodismo y la literatura en España y fuera de España. Todos querían publicar en Jot Down (me incluyo en ese “todos”). Daba prestigio y visibilidad en medio de una crisis mundial. Fue una revolución en los medios impresos tradicionales a nivel mundial en un momento de transición que llevó al periodismo –como lo conocíamos– a lo que es ahora: digital y algoritmizado. [De este asunto de la transición periodística habla el ensayo que les referí más arriba y que, si quieren, les puedo dar el link].
Se especulaban cosas extremas de esta mujer: que era hija de José María Aznar (presidente español en esos años); una descendiente de la aristocracia siciliana; una abogada asentada en Londres y abogada de futbolistas famosos; una mujer siria con la cara deformada por un ataque con ácido e incluso que era el periodista Enric González (un tipo fundamental en la vida de Marchis) con la voz tamizada por un filtro. Mar había creado algunas de esas fantasías y otras eran producto de la imaginación de quienes no conseguían verla después de varios meses e incluso años, de cháchara virtual.
¿La bola puede ser un libro de interés sólo para los españoles? Es probable. Algo similar al interés que causó, en México, el de Julio Scherer y Jorge Fernández sobre López Obrador: para los mexicanos muy polémico e interesante; para los fuereños, poco relevante, pero a mí, aficionado al chisme y los misterios, me gustaron ambos.
La verdad sobre la identidad de esta mujer la develó el periódico El Confidencial el 25 de junio 2017. Va un fragmento del autor del descubrimiento, Alfredo Pascual:
«…en realidad Mar de Marchis no existe. Detrás de la cortina se esconde María Jesús Marhuenda Irastorza (Santa Pola, 1968), una empresaria procedente de una familia adinerada de Levante que hizo fortuna con la construcción. Es la pequeña de cinco hermanos: Claudia, Manuel, Pedro y Juan Bautista. Tiene tres hijos; Kiko, el único varón, trabaja junto a ella en la revista. Posee también inmuebles a su nombre en Santa Pola, Elche y Callosa de Segura, en Alicante (…) Allí la conocen como Chus, diminutivo de María Jesús, y la definen como una persona baja de talla y ancha de complexión, con problemas para las relaciones personales y de la que no se conoce oficio. “Es una niña de familia bien que ha montado negocios con el dinero familiar y siempre a rebufo de sus hermanos”, comentan en el pueblo. Afirman que tras su divorcio vivió encerrada en su casa y muchos no están seguros de que haya salido de allí, pese a que ella sostiene cambiar a menudo de lugar de residencia».
Pero la polémica y el cuestionamiento respecto al valor testimonial y/o interpretativo era predecible y paso a chismearles algunos aportes a la ciencia exacta del cotilleo…
Se solicita pista de aterrizaje porque esto no es Jot Down
El espacio se me acaba y mis textos suelen ser más largos de lo que los usos y costumbres prescriben. Así pues, les hablaré de lo más interesante que he encontrado de este tema de Marchis, de Daniel Verdú y quienes conocieron o dicen conocer “la verdad de lo que pasó”. ¿Se puede hacer literatura sólo para aproximarnos a “la verdad”?
Qué enredos…
Apunta Javier Verdú: “hubo un momento en que publicar en Jot Down era casi una carta de presentación para cualquier periodista o escritor. La revista aspiraba a convertirse en el equivalente español de The New Yorker y lo consiguió apostando por largas entrevistas y reportajes en un momento en el que internet parecía condenar cualquier lectura pausada”.
En muchas redacciones existía la sensación de que, si no escribías en Jot Down, no eras nadie. La influencia de Mar de Marchis llegaba hasta los grandes medios de comunicación y muchas de las conversaciones que mantenía con periodistas acababan anticipando movimientos que después terminaban produciéndose.
¿Pero quién era Mar de Marchis? ¿Acaso esa mujer presente en la novela de Verdú (también eso es) es sólo un personaje literario? Mmh… pues sí, pero no. ¿Existió? Sí, a través de un pseudónimo.
Ese juego de mezclar lo real con lo ficticio o lo ficticio con lo ficticio (hágame usted el favor de entenderle) tiene larga data e inicia con Cervantes, el autor de El Quijote. Nomás acuérdese cuando Sancho Panza le informa a su patrón que ya hay un libro narrando las aventuras que ambos están viviendo. Son “retehartas” las genialidades en la novela de Cervantes, pero que se le haya ocurrido que don Alonso Quijano fue consciente de ser un personaje de ficción raya en la genialidad. Eso no tiene madre. Es sublime pues.
[Si andan muy ganosos de textos edificantes y no quieren leer completas las aventuras del ingemnioso hidalgo, les recomiendo ferozmente un libro de Carlos Fuentes: Cervantes o la crítica de la lectura. Ese libro está chingón en grado sumo].
Hablando de ficción + realidad + misterios = interrogantes, paso a recordar algunos ejemplos actuales de “vidas verdaderas”, pero hechas literatura monda y lironda:
¿Qué hizo Emmanuel Carrère con Jean Claude Romand en esa perturbadora novela El adversario? Yo, como lector de ficciones (aunque sean verdaderas) me quedo con la verdad literaria de Carrére y no tengo la menor duda: ese Romand era y es (sigue vivo y en la cárcel) el mismísimo demonio.
¿Y qué me dicen de Satashi Nakamoto, creador del Bitcoin a quien nadie conoce y tiene al mundo financiero todo alocado? Si lo ven, me lo saludan.
¿Y Bansky, el pintor callejero famoso mundialmente y sin identidad verificable?
¿Y María Elena Ferrante o El impostor, de Javier Cercas?
Mar de Marchis «logró colarse a los círculos exclusivos de los medios periodísticos en una época en que internet aún era una esperanza de libertad y de hacer las cosas de diferente y mejor manera en el periodismo. Estamos hablando del lapso que va del 2011 al 2022. Todo parecía posible, incluso hacer de la impostura una virtud: «La mentira depende de para qué la uses», explica el autor y añade que la ficción también puede servir para contar verdades que, de otro modo, resultarían imposibles de explicar».
Daniel Verdú no pretende juzgar a su protagonista ni desmontar simplemente una mentira. El título hace referencia precisamente a esa ficción que va creciendo hasta hacerse incontrolable, pero también a un tiempo en el que la propia idea de verdad empezaba a resquebrajarse –eso lo menciona Sara Santelli, de la página electrónica Ser.
“La verdad” la dictan, al día de hoy, los algoritmos.
Al autor de La bola le ha ido como en feria con sus colegas (es natural): Ángel Fernández Recuero, actual editor de Jot Down, quien trató de cerca a Mar de Marchis suelta estos comentarios refiriéndose al libro de Verdú. Se pone bueno pues:
…la narrativa basada en hechos reales, tampoco es un guiño literario inocente. Es un cajón desastre que funciona como seguro a todo riesgo. Cuando un libro se reserva por escrito el derecho a novelar, las infidelidades factuales dejan de ser errores y pasan a ser estilo, y quien señala una costura queda convertido en el lector sin matiz que confunde la prosa con el acta notarial. El género no describe esta obra. La blinda. Y por eso quienes conocemos los hechos de primera mano somos justo los lectores ante los que ese blindaje no sirve, porque sabemos dónde se rinde el ensayo y empieza la invención.
Ángel Fernández Recuero recuerda cómo “conoció” a Mar de Marchis. Fue en 2006, cuando andaba cumpliendo treintaitantos años (también es un mini misterio este señor). Había pasado meses hablando por teléfono con ella y jamás se encontraron como para verse a la cara. Un buen día dio con su casa, llamó a la puerta, pero ella no quiso recibirlo. Angel le propone una posibilidad para hablar con ella en persona:
Subir a su ático, sentarme de espaldas en el quicio de la puerta, dejar que me anudara un pañuelo sobre los ojos y pasar el día así, a ciegas, con ella. Aceptó. Y pasamos una tarde entera de la que conservo una sola fotografía, movida, doméstica y francamente fea, en la que aparezco sentado en el borde de su cama con unos cuadros de tela tapándome la mirada. Aquel día no la vi, pero estar con ella así, en una oscuridad acordada, dio comienzo a una de las relaciones más fascinantes que he tenido en mi vida.
La foto de abajo da fe de ese encuentro que lo marcó de por vida. Tenía treintaitantos años. ¿A poco ESO no es pura literatura?

Al final, Fernández, ya enganchado con el libro de Verdú –aunque le reconoce virtudes– expresa: “Hacer literatura con lo que otros decidieron callar no es resolver un enigma. Es ocupar un sitio que estaba vacío porque alguien tuvo la decencia de no llenarlo todavía. Yo me vendé los ojos una tarde para poder conocerla. Daniel Verdú mantuvo los suyos bien abiertos y, al final, no vio nada” (“La bola o el arte de miraer sin ver”, Ángel Fernández Recuero, Jot Down del 8 de junio de 2026).
Pero hay más interesados en “decir la verdad” o tomar una postura frente al relajo en pleno curso. Van las palabras de Juan G. Matute en El Español: (el libro de Verdú es un) “voluntarioso aunque infladísimo ejercicio literario de reconstrucción de un personaje tan trágico y fascinante como fue Mar de Marchis (Santa Pola, Alicante, 1968- 2022), cofundadora y cara menos visible de Jot Down…”
En un número reciente de la famosa revista, el mismo Ángel Fernández Recuero (“La bola o el arte de mirar sin ver”, 8 de junio, 2026) apunta: “Enric González, promotor intelectual del libro y posiblemente coautor del mismo en una primera etapa, como él mismo reconocíó a la familia, dejó que fuera Verdú quien lo desarrollara y finalizara, no sé muy bien si por vergüenza o por pereza. Verdú, por tanto, es un beneficiario por defecto, no un culpable, y no se debe confundir la suerte con el mérito ni el mérito con la culpa. El reparo no va contra su pluma, que funciona. Va contra el lugar del que sale lo que la pluma transcribe”.
Final (ya era hora)
Dicen por ahí (y es cierto) que por unos buenos años, el nombre de Marchis bastaba para movilizar a periodistas e intelectuales de España y logró levantar una de las revistas más prestigiosas de España.
Durante su gestión como directora utilizaba fotos de otras personas y se hacía pasar por esa persona (sobre todo de Aurora, una atractiva mujer que era su su peluquera y amiga) para mostrarse a quienes interactuaban con ella por teléfono y a través de las redes sociales. Los pormenores de esa amistad se detallan en la segunda parte del libro –que es de verdad interesante– donde se da santo y seña de su familia y cómo pasó de ser María de Jesús Marhuenda… a Mar de Marchis.
El libro, que ya llega a su segunda edición, ha abierto interesantes debates en redes sociales y dentro del propio oficio periodístico. Lejos de incomodarle, Verdú lo celebra. «Escribir también consiste en discutir y debatir», afirma. Después de años dedicado a la información diaria como corresponsal, reconoce además que la novela le permite explorar un espacio narrativo diferente.
Espero que estas páginas les despierten el interés por leer el libro de Daniel Verdú.
Como oferta especial a los lectores de mis desvaríos semanales y si les interesa el tema y el chisme en su versión intelectual, les puedo pasar los links de donde saqué todo el material que ustedes me hicieron el favor de leer (pero bueno, todo está consignado en la novela). Nomás me los piden en la caja de comentarios y se los mando por inbox, whatsapp o como se pueda. Están retebuenos esos textos.
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