Por Roberto Jáuregui
Estimado Adrián: ganó Argentina (otra vez)
Leí tu carta dos veces. La segunda, para entender mejor por qué me había afectado tanto la primera. Porque hay una tristeza que, contada así, se lee con gusto: la tuya, la de México perdiendo con Inglaterra, tenía esa dignidad de las derrotas bien contadas. Yo te escribo desde el otro lado del resultado, y esa diferencia entre los dos —vos perdiendo con estilo, yo ganando y encima acusado de tramposo— es, quizás, el verdadero tema de esta carta.
Vi el partido de México, por supuesto; vivir en Morelia desde hace una década me da derecho a irle a dos selecciones con (casi) igual intensidad. Lo sufrí, aunque no tanto como vos o los amigos que me rodean a diario. Vi a esos ingleses que describís como discípulos aplicados de Shakespeare, jugando con la corrección de quien leyó el manual antes que la vida: algo insoportablemente correcto en Bellingham, algo de prefecto de colegio en Kane.
Pero también vi algo que vos no contás: México jugando como si el arte de perder también fuera un arte. Rulfo otra vez, decís. Yo prefiero pensar en Juan Preciado buscando a un padre que ya es rumor: México buscando gloria en un rumor de 1986 que ya nadie escucha con claridad, salvo vos, que tenías seis años y un Gremlin de fondo.
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Me hacés una pregunta que considero axial: «Si los mexicanos podemos burlar a las autoridades, las cámaras y hasta a hacienda, ¿por qué no podemos burlar a diez ingleses?» Mi respuesta, con todo el cariño: no pudieron burlarlos porque aún les tienen demasiado respeto. Y aquí voy a defender lo indefendible: la mano de Dios. Esa maravilla maradoniana que solo entendemos los argentinos y que debería entenderla cualquier latinoamericano, porque el fútbol también es metáfora, y la metáfora dice nosotros contra ellos.
Basta ver a Mbappé, grosero y violento contra los paraguayos sin que nadie diga nada: si lo hace un latinoamericano, lo crucifican; si lo hace un campeón del mundo francés, puede hacer lo que quiera. No hay caso, che: la Malinche ahora vive en TikTok, y sube videos a diario.
Volvamos al presente. Lo de Egipto tiene que ver con esto. Ganamos sufriendo, pero ganamos, y en las redes empezó el ruido de siempre: que «se la regalan», que los penales, que tendrían que haber anulado un gol. Me irritan esos comentarios más que cualquier derrota, porque no son análisis sino pereza disfrazada de opinión. El que grita «regalo» no vio el partido, vio el resultado. El que mira de verdad dice otra cosa: periodistas de México, Inglaterra y España coincidieron, con matices distintos, en la misma admiración por Messi.
Uno lo comparó con un cirujano que opera sin anestesia porque no la necesita; un colega inglés, de esos que nos miran con la ceja levantada, reconoció casi contra su voluntad que estaba viendo algo que no se explica con estadísticas. Ninguno habló de regalos. Hablaron de método, de una crueldad serena que el hincha confunde con suerte porque no soporta que exista lo que no puede imitar.
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Pensaba, leyendo esos comentarios, en Mahfouz, en los callejones de El Cairo donde el honor se defendía con un cuchillo y una excusa cualquiera. Y pensaba en nuestro Borges, en ese criollo de «El Sur» que busca su duelo como quien busca una muerte digna. El mundial produce la misma tentación: convertir un juego en cuestión de honor, un gol en ofensa personal, una pelota en cuchillo. Mahfouz y Borges, tan lejanos en geografía, entendieron lo mismo: la violencia ritual no busca destruir al otro, busca ordenar el mundo. El que grita «regalo» no entiende el ritual. Solo ve sangre donde hay ceremonia.
No sé si esto te consuela, después de la angustia con Inglaterra, pero ganar sin sufrir también tiene su tristeza: la de no tener, todavía, una buena historia para contar. Vos ya tenés la tuya, con Rulfo y con Aguirre convertido en flautista. Yo, por ahora, solo tengo un cirujano sin anestesia y unas redes gritando «regalo» sin haber entendido el precio de lo que ven.
En fin. Ya sé que odiás ese conector tanto como yo, pero esta vez lo uso con la sonrisa intacta: todavía nos queda partido.
Un abrazo, y que sigan cayendo los ingleses que se creen Shakespeare.
Roberto Morelia, 8 de julio de 2026
P.D.: ¿Sabés lo que me produce una tristeza infinita? Saber que nosotros, los argentinos, le vamos siempre a los latinoamericanos, y ahora, que quedamos solos, toda latinoamérica va a estar deseando que perdamos. Ya sé que estoy monotemático, pero qué se le va a hacer, sigo prefiriendo a los que hablan mi idioma y comparten mi comida a aquellos que siempre nos trampearon en todo. Berretines de un romántico sudaca…
*Este es un intercambio epistolar entre Adrián González Carmargo y Roberto Jáuregui.



