Fíjense que ya no creo —con la vehemencia que antes me embargó— ciertas cosas o informaciones bajo el argumento socorrido de “todo es lo mismo desde siempre, pero ahora lo visibilizamos más”.
¿Será?
El sentido común avala esa afirmación. ¿Quién soy yo para ponerlo en duda?
Cuando me pregunté con absoluta seriedad sobre la existencia de vida inteligente en algún planeta muy pero muy lejano, la ciencia —sin entrar en detalles— me dio una idea inconmensurable del tamaño del universo y dentro de ese mega universo, el minúsculo reducto en donde damos vueltas alrededor del sol, es una ínfima parte de otros universos más grandes y por ello, la posibilidad de otro planeta como la Tierra es perfectamente posible… al menos matemáticamente.
Para mí, con eso fue suficiente y dejé el tema de lado. Finalmente, las posibilidades de encontrarme con un terrícola de otro mundo pero igualito a mí, eran y siguen siendo razonablemente remotas. Así pues, pasé a ocuparme de otros intereses irrelevantes. No me volví a preguntar si había vida inteligente en otros planetas.
También lee:
Pero nuevos intereses científicos empezaron a abrumarme. Por ejemplo, el cáncer. Con todos los avances científicos hasta ahora, con tantos años, décadas y siglos de avances nomás no encontramos la cura a ese flagelo. La idea central de la humanidad desde que me acuerdo es cómo hacerle para no morirnos y en esas andamos sin atinarle. ¿De verdad nos gustaría ser inmortales? De eso dio santo y seña un tal Jorge Luis Borges en su memorable relato “El inmortal” y cuando el narrador se topa con un tal Marco Flaminio que resulta ser el mismísimo Homero (ese señor que memorizó La iliada y andaba declamándola por calles y colonias de Grecia) me quedé casi en coma.
Mi razonamiento de lector mediano concluyó: si siendo inmortales (la ausencia de la noción del tiempo) todo seguirá igual pase lo que pase porque a fin de cuentas NO nos vamos a morir ¿tiene sentido seguir viviendo aburridísimos? Lo que dicen los sabios del lugar común es que si el amor y la vida tienen sentido y lo que hacemos “vale la pena”, es porque sabemos que vamos a calaquearnos. Esa conclusión es la versión breve de un problema que ha ocupado a las mejores mentes en el mundo, pero miren ustedes, Imaginarme a Homero, en el relato borgiano, en un pozo desde hace siglos y más o menos con un ánimo indiferente y aburridón, me pasmó.
Lo bueno es que eso es pura literatura, pura invención.
Te puede interesar:
Una masacre que inició con HBO
Este texto es menos pretencioso (aunque la alusión a Borges ya lo hace un poco pretencioso) y habla, entre otros temas, de cositas curiosas como la cura del cáncer y la poca utilidad de nuestros esfuerzos para vencerlo, sobre todo el de páncreas. Esa variable del crecimiento descontrolado de las células es letal al 100%.
Les informo: no he tenido cáncer de páncreas últimamente, pero sí he pasado por dos trances de salud más o menos serios. Esos episodios me hicieron preguntarme como para cuándo carajos encontrarían el remedio contra la formación de piedras en los riñones. El nombre popular para esas rocas es “cálculos” y no están ustedes para saberlo, pero yo sí para contárselos: duele refeo tener cálculos en el sistema de drenaje de nuestros cuerpecitos (o sea en los riñones). Pero no crean que duele feo. No. Duele cabronamente feo.
A encontrar remedio a padecimientos como los arriba mencionados —o la gripe— debe dedicarse la ciencia y me informan que, en efecto, a eso se dedica sin hacer aspavientos ni publicaciones banales en portales de noticias digitales que, al menos a mí, como sobreviviente —hasta ahora— de calamidades de salud, me dejan perplejo, por decir lo menos. Les pondré algunos ejemplos con comentarios salaces.

La ciencia nos asombra: alcanza para saber que un médico pudo salvarse de la erupción con todo y su maletín pero por las prisas se quedó a “un pelito” de salvarse. ¿Cómo le hicieron para saber eso? ¿Hay testimonios de su urgencia por escapar? ¿Una selfie?
La ciencia lo logró… o eso anunciaba el artículo de donde saqué la información, pero pongamos una nota de nuestros parientes no neandertales:

Aquí se pasaron de lanzas los sabios. Nos enteramos que hace 59 mil años, esa vertiente humana ya le entraba a las endodoncias (hoy es una especialidad del ramo de la odontología). ¿Cómo le hicieron para saberlo? Misterios de la ciencia ajenos a los humanos actuales. ¿Hay por ahí una piedra labrada —a manera de foto testimonial— de esa operación tan compleja? Lo dudo, pero mientras y por estos días, las endodoncias son un remedio caro y no todos pueden pagárselas. Vean la que sigue:

A ver, por vida de Dios, que alguien nos explique: ¿cómo hicieron los paleontólogos para saber que los Tiranosaurio Rex —por ejemplo— se ponían a bailar antes de “echar pata” y disfrutar su cachondez mesozoica? ¿En serio ese dato es relevante? ¿Influyó en Michael Jackson o en Shakira ese dato?
Pero la psicología no se queda atrás. Chequen el dato:

¡Uy, cuánta sabiduría! Yo pensaba que la gente saludaba en las combis, en la fila del banco o al llegar a una fiesta, por amabilidad o por la mundialmente valorada “cortesía mexicana”… ahora lo sé: el igualitarismo amable y democrático nos tiene infectados a los mexicanos desde hace siglos.
Con lo anterior sólo quiero poner énfasis en diferentes rubros en donde la ciencia pone sus fondos, presupuestos y talentos para develar misterios de lo más complejos… y mientras, seguimos esperando la vacuna contra el catarro.
De los diferentes tipos de cáncer, cálculos renales, infartos y esas minucias, habremos de esperar unos dos siglos más para solucionar esas enfermedades, pero mientras, la psicología, por ejemplo, nos asombra con noticias como la de abajo:



